dos diputados importantes han acercado pareceres, o sentimientos, besándose ante la cámara. Ha recordado al ósculo que se regalaron Brezhnev y Honecker hace medio siglo o al que repitió el triste alemán con Gorbachov. Nuestros políticos han procedido con los ojos cerrados, como se estila cuando no hay puñal. Y aunque la duración del acto ha excedido la del piquito, ha estado lejos de elevarse a muerdo, que por costumbre incluye saliva, oxigenación y tornillo.
En Chesil Beach, el inglés Ian McEwan dedica una página entera a la descripción de un beso, desde que la lengua de un marido inexperto entra en la boca de su mujer, “como un matón abriéndose camino en un garito”, hasta que ocupa el hueco que ella tiene en una muela. Yo lo dejo aquí, no sin antes mencionar al turinés Pitigrilli, para quien el amor era un beso, dos besos, tres besos, cuatro besos, tres besos, dos besos, un beso y ningún beso. O sea, que quizás la pasión pública de los compañeros haya sido el comienzo de algo y el final de todo.
A lo que voy, y ya ando tarde, es que últimamente padecemos una exageración gestual no sólo de las emociones, sino incluso de las opiniones. Tal vez todo surgió con Gran Hermano, donde los concursantes plañían por la pérdida de un calcetín y se abrazaban al rebañar una paella. Ha seguido con esos futbolistas que celebran un gol con bailes tribales y montones del encierro. Y ha llegado, según vemos, al Congreso, donde ya no basta aplaudir: hay que sobarse y palmearse. Será por mi vasquidad, tan reacia al roce corporal y al tráfico de entusiasmo, pero ya temo estas fechas. Que una cosa es estirar el sobrio ¡feliz año!, y otra intercambiar babas.