Bajábamos las escaleras hasta el buzón corriendo a ver quién lo cogía antes y el que ganaba era el que leía primero si en el periódico venía algo de las expediciones navarras al Himalaya. El Himalaya... En los 80 sonaba a algo que quedaba cercano a la estratosfera. Era la estratosfera, en vertical y en horizontal. Y allá iban Ariz y Ábrego y Aldaya y Casimiro y el pobre Juanjo Navarro, al Dhaulagiri, al K2, al Everest tantas veces. A veces subían, a veces no, a veces se mataban, a veces hacían fotos como la de la arista cimera del Jannu que acompañaron a miles de paredes y puertas durante años, lustros y décadas. Aquellos señores con barbas que se iban tan lejos en viajes que duraban meses después de recolectar dinero de miles de maneras complicadas e ingeniosas y que volvían aún con más barbas y negros como el carbón y flacos como la tiña eran nuestros enviados especiales a los sueños. Mari Ábrego fue el más destacado, tozudo y longevo de todos ellos, el que se metió en la elite del himalayismo mundial, el que subió el K2 en estilo alpino poniendo y quitando la tienda junto a Casimiro, sin sherpas, ni cuerdas fijas, rebasando el Cuello de Botella a pelo, sin oxígeno artificial y quién sabe si después de haberse fumado un Ducados en el último campo. Mari Ábrego, una leyenda de la montaña, que en la mañana de la Nochevieja de 2016, mientras esperaba a que su querida hija Nerea -no sé si también corría ese día su otra hija, Argia- corriera la San Silvestre de Olaz, me contaba “¿sabes, Nagore? lo único que me sienta mal de verdad al estómago es el agua”, mientras se reía. “Los primeros meses me pregunté muchas veces ¿por qué a mí?, pero luego ya imagino que acepté que no hay razones y ahora lo llevo mejor”. Mari Ábrego, todo un carácter, un himalayista excepcional. Imagino que su espíritu anda ya por la cima del K2, vigilando que nadie dé un mal paso. Agur, jaunak.