Quedábamos enfrente de San Lorenzo y me montaba en su destartalado coche blanco, cogíamos la 121-A con Dylan puesto en el radiocassette, mientras hablábamos de mujeres, de montañas, de nuestras parejas, de tener hijos, de no, de montañas, un poco de nosotros, de atletismo, de mujeres otra vez por si acaso y casi sin darnos cuenta ya estábamos en Etxalar, donde le recibía Imanol, el sensacional Jefe de Marketing de Lorpen, Gerardo, el que dirigía el cotarro, y José Carlos, que le hizo la web con su proyecto de ascender los 14 ochomiles. Yo iba montado en esos viajes al lado de un ser humano profundamente feliz, con virtudes, con defectos, un amigo al que echaba una mano con cuatro tontadas y que se comía la vida a dentelladas porque la amaba más que nada. Encontró su camino, lo persiguió, tuvo la suerte de tener un padre y una madre que nunca se interpusieron en sus sueños y los vivió hasta que solo la mala fortuna pudo con él. Echo de menos a ese amigo, mucho. Desde que se quedó a 7.400 metros en la arista Este del Annapurna miro las expediciones al Himalaya pero solo de reojo y con pena, pero lo que de verdad me rompe es que él no esté disfrutando de la vida. Me pasa con mi madre, con mi amigo Txutxin, con todas las personas que amé y desaparecieron: me duele que no disfruten de la vida, que el destino les apagara antes de tiempo, que mi madre no se tome su café, que Txutxin no se beba una Heineken y que Iñaki no se coma sus bocadillos de tortilla de gambas. Me sobra todo lo hermoso que sucedió en su intento de rescate y posteriormente. Todo fue de agradecer y se agradece, pero sobra, estaba y está de más: los homenajes, los libros, las películas, las fundaciones, las medallas? son la plasmación de que Iñaki no está y eso es lo único tangible para mí, que no está riendo, vacilando, entrenando, subiendo, bajando, escribiendo y estando. Te echo de menos, socio.