Me zampé este verano un par de libros fantásticos: Una dura carrera, del exciclista profesional irlandés Paul Kimmage, y Gregario, del también exciclista profesional Charly Wegelius. Ambos están maravillosamente escritos y mientras Kimmage habla de los años 70 y 80 -y del dopaje, en 1990, que fue cuando salió el libro, de los primeros que abordaba el tema- Wegelius se centra en la primera década de este siglo y en sus sensaciones personales como gregario. Ya digo que ambos, cada uno en su estilo y contexto, son fantásticos, llenos de momentos impagables y entretenidos, pero quizá sea Gregario el que mejor defina, casi como ningún libro sobre deportes o sobre deportistas que haya leído, el camino que hay que recorrer para llegar a la élite, las sensaciones, la soledad, las penurias y la casi nula relevancia mediática en la que viven miles de deportistas de todas las especialidades que conviven día a día con las grandes y contadas estrellas pero que jamás darán el salto a ser conocidos por el gran público. Leyéndolo, era imposible no acordarse de gente como Imanol Erviti o los ya retirados Xabier Zandio o Chente García Acosta, corredores entregados al trabajo de equipo hasta la extenuación, sin el brillo quizá que puedan obtener otros como el gran Mikel Nieve pero con un mérito igualmente descomunal. Así es el deporte de élite, un sitio en el que ya solo estar es mucho. Estos días ha entrado ahí por derecho propio un burladés de 23 años llamado Óscar Rodríguez que nos maravilló a todos al ganar en la dura subida de La Camperona. Parece que sus condiciones le pueden llevar a aspirar a grandes cosas, pero no estaría de más que no cayésemos -ni medios ni público- en el clásico error de pedir resultados desde ya y despreciar todo lo que no sean triunfos. Calma, paciencia y a disfrutar de la suerte de que de vez en cuando nazcan buenos ciclistas en la calle de al lado.
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