Excepto alguna actuación con fines benéficos, Paul Simon no va a dar ya ningún concierto más, se retiró ayer tras dar el último, en Queens, Nueva York, a pocos kilómetros de Manhattan, a menos de 10 minutos de la casa en la que creció. Paul Simon, si no lo han visto en vivo, ya nunca más lo van a poder ver. Nunca he visto actuar a Simon y, aunque no he sido un gran fan, en casa de mis padres estaba el Bridge Over Troubled Water y le dimos sus cientos de miles de vueltas y tengo en la mía el Concert In Central Park y como muchos de nosotros también creo que ha escrito 10 o 12 canciones hermosas hasta la última nota y la última letra, algunas como The Boxer o The Sound of Silence que forman parte de los tesoros del Universo que nunca se perderán. Escuchar esos temas en cualquiera de sus versiones de estudio o en las grabaciones que hay en vivo, incluso las de los conciertos de estos últimos días, con un Simon de voz espléndida a sus 77 años, te lanza por el espacio flotando en la más absoluta gloria, lejos de las miserias de la vida y del ruido exterior e interior, con esos acordes de guitarra y algunos versos inscritos en el ADN de cientos o de miles de millones de personas. Hola, oscuridad, vieja amiga? Pocos arranques de canción poseen ese inmenso poder, el poder de meterse dentro de ti y de recorrer cada una de las células de tu cuerpo. Hay que tener el don de los elegidos para componer canciones así y otras más de una docena de parecido alcance, un número lo suficientemente alto como para certificar que no se está ya ante una casualidad sino ante uno o una de esos pocos tocados por la gracia del talento musical. Simon lo tuvo y lo tiene y solo queda dar las gracias por haber compartido tiempo y espacio con él y otros, lo que me sirve para cada día darme más cuenta de la enorme fortuna que tenemos de haber nacido cuando nacimos y convivir con artistas así.