Ignacio casi todos los fines de semana -si no todos- se va con su pareja, Uxue, a los Pirineos y hacen unas excursiones fantásticas e Ignacio luego llena su página de Facebook de unas fotos preciosas, que no te digo nada lo bonitas que son si en lugar de Pirineos han tenido unos días más de fiesta y han estado en Alpes, que las fotos ya son la rehostia, como los textos de su blog, porque Ignacio tiene uno y va contando cosas de sus viajes y de sus montes, de cuando sube, de cuando no, porque no siempre sube, a veces le ve las orejas al lobo y para a lo que él considera que es tiempo, como en varios sietemiles y algún ochomil. Porque Ignacio también va para allá, sí, a los sitios más altos, solo que esas veces no pone casi nada o nada ni en su Facebook ni en su blog, como mucho a los meses y sin grandes exhibiciones ni, por supuesto, fuegos artificiales léxicos. Hace unos años subió a la cima del Manaslu, que mide 8.125 metros, y el viernes subió al Cho Oyu, que mide 8.201, por supuesto sin oxígeno artificial ni sin nada de eso, incluyendo en el eso la publicidad. No le gusta lo de ir diciendo a dónde va, ni alimentando el día a día con noticias. Desaparece unas semanas y, si la cosa se da bien, lo tienes en la cima y en seguida pitando para abajo. El Cho Oyu, por mucho que estemos en el 2018, sigue siendo un monte altísimo que si te pasa algo chungo te mueres, es el mismo monte al que se subió Herbert Tichy hace 64 años junto con Jöchker y Lawa Dama, aunque los materiales hayan cambiado a mejor. Pero es el mismo monte y tiene las mismas vistas inolvidables desde su cima: el Everest, el Lhotse, el Nuptse y el Valle del Silencio. Solo si ves esos montes estás en la cima y la foto de esos picos es la prueba de que subiste. Ignacio la tendrá, seguro, pero habrá que buscar para encontrarla o pincharle para que la enseñe. No vive de la montaña, la montaña vive en él.
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