Lo de las redes sociales y el anonimato es tremendo. Bueno, no solo lo de las redes sociales: en el periódico que no es este siguen teniendo en la última hoja a un columnista que firma con seudónimo y que nadie sabe quién es salvo ellos, mientras los demás plumillas y opinadores damos la cara -incluidos los de su medio- para que nos la puedan acariciar o partir, vaya a saber. No, no suele haber problemas de esos, al contrario, pero dar opiniones y cera a los demás si no se hace con nombre y apellidos tiene un nombre: cobardía. Si no puedes decir quién eres por motivos personales, laborales, los que sean, limítate a otras acciones. Yo he tenido varias conversaciones al respecto con unos cuantos anónimos en Twitter y al final les acabas diciendo lo mismo: no estamos en el mismo plano, yo soy una persona real que se responsabiliza de sus errores si los cometo o de sus excesos verbales y tú no eres más que un ente sin cara ni nombre. La mayoría lo entienden y aceptan, otros -los llamados trolls- te dicen que ya estás desviando la conversación. Es como hablar con encapuchados, que además suelen entrar en las redes solo para poner a caldo al personal. Los hay en todos los bandos políticos, no es exclusivo de una ideología. Que uno de ellos fuera nada menos que el responsable de la Policía Nacional en Navarra ejemplifica claramente el desvarío en el que se vive. Y, sinceramente, acojona, aunque no sé si tanto como la ideología del ya cesado o dimitido policía, situado en el extremo muy pero que muy derecho de la habitación, con alabanzas a Franco, Tejero y demás ralea. Quizá hechos como este y otros muchos anteriores que explican ciertas cosas puedan servir para que se ponga de una vez en la agenda hablar en serio del ratio policial de esta tierra -el más alto de Europa- y con demasiada gente con mucho tiempo de sobra para hacer cosas que no van con su trabajo.