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Entre la ofensa y la censura

se ha organizado una gorda a cuenta de los insultantes mensajes (anónimos) en Twitter tras el asesinato de la presidenta de la Diputación de León. No es nada nuevo, lo de los insultos, digo. Hay personajes relevantes y líderes de opinión que han cerrado su cuenta en la red social aburridos de bloquear a usuarios faltones y muchos otros que, alertados de lo que puede ocurrir, ni siquiera han asomado por la jaula del pajarito azul. Y es que todo buen sistema esconde imperfecciones.

Desde la óptica de un periodista, Twitter es un enorme territorio sembrado de medias verdades, mentiras, cotilleos con más o menos fundamento pero también con información útil o pistas que seguir. Todo depende de cómo se maneje el contenido: de cotejar y de contrastar. Es cierto que Twitter ha matado a personas que estaban vivas y leían su epitafio; esa es la perversión, pero el error de bulto en una redacción es no comprobar su credibilidad antes de imprimirlo o lanzarlo a las ondas. Y esa mala praxis profesional se repite más veces de las aconsejadas.

Pero Twitter, del que solo soy observador y consumidor, abre un campo inmenso a la comunicación y al entretenimiento; y adolece de lo habitual en un medio masificado: que la gente cree que tiene barra libre. Quizá ahora que hay conciencia de su alcance y de los daños colaterales se pueda abordar una regulación legal. Pero dicho esto, no puedo evitar ponerme en guardia cuando escucho a quienes piden someter a un severo control a herramientas que comunican y difunden porque me suena a amenaza y a doctrina de régimen totalitario, a uniformar, a censurar, a terminar imponiendo lo que se puede o no se puede decir o escribir. Google deberá, por sentencia, borrar de la lista de resultados la información relativa a personas que lo soliciten: ¿Cuál será el siguiente paso: arrancar hojas de periódicos de las hemerotecas, destruir archivos incómodos de radio y televisión...? Entre la ofensa y la censura siempre hay espacio para 140 caracteres.