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No basta con pedir perdón

Recupera la política para su uso y beneficio la doctrina del perdón. Está el gremio tan asediado, huele tanto a podredumbre, que algún asesor ha indicado que aquí el único camino es salir en público, bajar el tono de voz, no levantar la vista y pedir disculpas. Y arreglado.

Fue Juan Carlos I quien casi de mala gana y con problemas para vocalizar masculló el ya mítico “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder”, tan poco creíble como chusco por el atrezo de la escena. En aquel caso sí que era el principio del fin. Ahora, ante un nuevo escándalo de corrupción que salpica al PP y tras la catarata de detenciones, Esperanza Aguirre le gana por la mano a Rajoy, pide disculpas y reconoce que pudo equivocarse en algunos nombramientos. El presidente del Gobierno evita el plasma y copia el guión. Tan poco verosímil como la anterior. Si se fue el rey, ¿por qué no se van estos?

Se equivocan en la estrategia. La ciudadanía no reclama disculpas: quiere que rueden cabezas. No es de recibo que mientras la corrupción acampa alrededor de Rajoy (la Gürtel, la Púnica, la caja B, etc, etc, etc) él pretenda, primero, decir que no tenía noticias de nada y, segundo, eludir sus responsabilidades. Nadie da crédito a ese discurso de perdón y cuenta nueva. Es como cuando de críos nos obligaban a confesar que veíamos en televisión películas de dos rombos; el cura nos perdonaba (ego te absolvo a peccatis tuis?) pero el acto de contrición duraba lo que tardaban en poner en la primera cadena una película de Marilyn.

No basta con pedir perdón; además, el efecto es el contrario: suena a asunción de culpa. La gente ni olvida ni perdona. Mientras el país rodaba hacia la crisis, una parte cada vez mayor de la clase política ha estado llenándose lo bolsillos abusando de una representación y de una confianza que le han entregado los mismos a los que ahora engaña, de los que se ha burlado. Y las consecuencias pueden ser más graves todavía porque atacan a la base del sistema político. Georges Bernanos escribió en los años treinta una reflexión aplicable al escenario actual: “El hombre de buena voluntad ya no tiene partido y me pregunto si mañana tendrá una patria”.