¿Tú, de qué te ríes?
El humor, en sus diferentes formatos -incluida la sátira-, tiene que ver con la cultura. En Occidente puede hacer gracia una caricatura de Mahoma que, sin embargo, levanta en armas a los musulmanes. La carga de ironía de un dibujo de un sacerdote acariciando a un niño depende de quien lo interprete: no hará ni maldita gracia a muchos católicos y resultará incomprensible el doble sentido para muchos africanos. Aquí circulan chistes de Alberto de Mónaco pero secuestran ejemplares de El jueves por dibujar a los entonces príncipes de España manteniendo relaciones sexuales.
La matanza en el semanario francés Charlie Hebdo desgraciadamente no tiene que ver con la falta de sentido del humor sino con un fanatismo también asentado en determinadas doctrinas y dogmas. Es lo que tiene el integrismo religioso: antes cruz y espada en las cruzadas contra el moro, ahora bombas y fusiles de asalto contra el infiel. Además de un ataque a la libertad de expresión, la masacre de París es la forma de mantener un estado de miedo y de terror permanente. Un atentado del que es muy simplista afirmar que favorece a la extrema derecha francesa más xenófoba, porque perjudica a todos ya que vuelve a activar las medidas de vigilancia y control que también coartan otras muchas de nuestras libertades. Y esto sí que no hace gracia.
El humor más acido o la sátira más mordaz siempre son a costa de alguien. Cierta vez escuchaba a un monologuista que hacía chanzas sobre mujeres gordas; la mayor parte de la sala reía, pero una señora entrada en carnes que estaba a mi lado (creo que parlamentaria foral por entonces) se marchó refunfuñando y luego expresó su enérgica queja a los organizadores de la fiesta por contratar a aquel tipo. ¿Qué hacemos entonces con los chistes y parodias de borrachos, de homosexuales, de curas, de tartamudos o de aldeanos que han dado de comer a tantos cómicos...? Confieso que algunos me han hecho reír y otros hasta desternillarme. ¿Tengo que preocuparme?