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El pequeño verdugo

llegó la semana pasada a mis manos una vieja foto de un familiar posando con la indumentaria de un requeté. Calculo que la instantánea, por la edad del protagonista, tiene fecha de tiempo de guerra o de muy poco después. El crío adopta ante la cámara una pose marcial que no oculta ni su inocencia ni el carácter de juego -bélico, eso sí- que otorga a esa simulación. Sin embargo, algunos poco mayores que él, con apenas 17 años, perdieron la vida en la primera línea del frente, víctimas de una bala y a mayor gloria de quienes les arengaban desde la retaguardia, desde el púlpito o desde la redacción de un periódico.

Salvando todas las distancias, asocié ayer esa foto sepia con la del niño de 10 años que, pistola en mano, ejecuta a dos presuntos espías rusos apadrinado por un miliciano del Estado Islámico (IS). El pequeño ya ganó notoriedad el pasado mes de noviembre cuando apareció en un vídeo lanzando feroces amenazas de muerte contra los “infieles”. Cuentan los conocedores de las maniobras del IS que el grupo terrorista tiene un campo de entrenamiento cerca de Mosul en el que adiestra a buen número de menores. Nada más fácil de manipular que la voluntad de un niño, captarlo y hacerlo cómplice de las perversiones de los mayores, sabiendo además del eco mediático que, por insólito, va a encontrar semejante suceso en todo el planeta.

Hay pocos escrúpulos a la hora de utilizar a niños para fines espurios; ninguna cultura, ninguna religión, ningún régimen está inmaculada en ese sentido, aunque este caso del niño yihadista, ejecutor y verdugo, provoque auténtica conmoción. Pero superado el primer escalofrío de la imagen cabe ahora preguntarse si en los campamentos y guaridas de los yihaistas de Al Qaeda o del Estado islámico, los niños han dejado de ser intocables para las fuerzas occidentales y pasan al grado de objetivos de guerra. Suceda lo que suceda, ya son víctimas de los conflictos provocados por los adultos.