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Estrellas estrelladas

La luz eléctrica ha llegado a cada una de las casas de adobe construidas en la arena del desierto argelino. Se puede decir que en Tindouf se hizo la luz después de más de 40 años de oscuridad pero más bien el grito por la libertad de este pueblo sigue sumido en el ahogo y el silencio. Con el tendido eléctrico también ha llegado la conexión inalámbrica a la mayor parte de las jaimas. Algunos creen que la llegada de internet puede convertir este inhóspito lugar en algo definitivo... perpetuar el exilio y hacer claudicar la lucha por la independencia de un pueblo abandonado a su suerte. La joven Galia se aferra al avance tecnológico en positivo sin cejar su esperanza de volver a la tierra que nunca conoció. Si consigue recaudar la ayuda externa que necesita para pagar la conexión desde el tendido eléctrico hasta el bloque familiar de arena y polvo, y además comprar una nevera y un aparato de aire acondicionado, los más de 50 grados que soportan en los campamentos de refugiados en verano no empeorarán la enfermedad de su madre, que a su vez necesita una revisión médica tan urgente como costosa. Mientras tanto, imparte clases de castellano, cuida de las cabras y colabora en una ONG.

Sáhara se enfrenta al gobierno de Marruecos que impide su soberanía . Pero como ni la miseria ni la heroicidad entienden de Estados no tan lejos de Galia, desde la ciudad marroquí de Casablanca, marchó Loubna para llegar a nuestro país hace once años. Tras sufrir violencia de género extrema esta madre coraje y sus tres hijos se trasladaron a Navarra donde fueron desahuciados de la habitación que compartían (cama y alfombra). La PAH les buscó una alternativa habitacional cuando todas las puertas se le cerraban y gracias a la mediación judicial están escolarizados sus hijos: “Por ellos muero o mato”.

En línea recta, cerca del desierto argelino, de la costa de Libia (llegan de Chad, Somalia, Mali, Senegal, Nigeria...) parten a diario cientos de lanchas motoras cargadas de inmigrantes para alcanzar las costas europeas. En mayo llegaba sola a la isla italiana de Lampedusa Favour, una niña nigeriana de nueve meses tras morir en un naufragio su madre, que estaba embarazada de su segundo bebé. Las ONG les esperan con mantas térmicas de color dorado que más parecen papel de regalo. Las reparte la Cruz Roja, las mismas que, muy pronto, recubrirán en Pamplona una estrella gigante de 500 kilos que decorará la fachada del teatro Gayarre para remover nuestras conciencias, una creación de impulso municipal pero que lleva el cuño del Barrio de los Artistas. Galia, Loubna, Favour son tres estrellas vivas en el ancho firmamento. Y su lucha, como la de estos jóvenes creadores, es una luz de esperanza.