La salida a bolsa de SpaceX, diseñada para captar 75.000 millones de dólares y disparar su valoración hasta los 1,77 billones es un hito incuestionable que ha proyectado a su propietario, Elon Musk, en términos de riqueza cuantitativa. La iconografía que le rodea como pensador independiente y modelo de éxito la cultiva en primera persona él mismo. Pero es imperioso rascar el barniz de la innovación aeroespacial y analizar un modelo de negocio cimentado en la más absoluta irresponsabilidad social. Su atractivo económico es inseparable de su control hegemónico sobre X (antigua Twitter), gestionada bajo estrictos criterios de rentabilidad, que opera abiertamente de espaldas a cualquier mínima defensa de los derechos de los usuarios. Al desmantelar los equipos de moderación y priorizar algoritmos que monetizan la polarización y la indignación, Musk ha convertido la red en un ecosistema salvaje, caracterizado por una falta absoluta de control sobre la desinformación y los discursos de odio. Musk, como Peter Thiel y otros megamillonarios con vocación de supeditar el pensamiento social y el interés colectivo a sus intereses, buscan sostenerse sobre legiones de seguidores inspirados por su éxito, no reproducible ni equilibrado ni justo.
Musk es un prototipo, tras su estrellato en la gestión pública –inexistente en la práctica– asociado a Donald Trump, que no ha cejado de tratar de influir con actitudes extremas, provocadoras y alineadas con el pensamiento de la extrema derecha. El emblema de una nueva clase de empresario elevado a privilegiado que maneja la influencia de la nueva comunicación de consumo sencillo y sin frenos éticos para amplificar un pensamiento que le reserva el papel de caudillo alternativo a los modelos democráticos. La xenofobia, el supremacismo, la incitación al odio los ataques a los marcos legales que sostienen el derecho y la igualdad son también herramientas de su negocio. Hay un fenómeno de hiperconcentración de capital y poder comunicativo en manos de figuras que operan en abierto rumbo de colisión con los principios básicos de la convivencia ciudadana y el respeto a los derechos humanos. Someter este poder tecnológico y financiero al marco del escrutinio legal y democrático no es un freno a la libertad de expresión, sino un imperativo de estabilidad.