No es la del pasado jueves, 11 de junio, la primera vez que Fernando Trueba ha visitado Navarra este año. En marzo, tanto él como su productora y pareja, Cristina Huete, recorrieron distintos espacios de Cascante como localizaciones posibles para su próximo proyecto, “una de risa”. Es todo lo que contó sobre su nueva película con motivo de su presencia en Pamplona para acompañar el pase de Belle Époque, segundo de los títulos que el director trabajó con Rafael Azcona, al que el cineasta considera su “padre espiritual”. Los otros dos fueron El año de las luces (1986) y La niña de tus ojos (1998). 18 años después de la muerte del genial guionista, Fernando Trueba aun le añora y, de hecho, tiene una foto suya junto a su escritorio, para mirarla cuando alguna escena se le atraganta.
Con una tranquilidad indignada. Así conversa el director de Ópera Prima sobre cine, amistades, el auge de la ultraderecha y la situación mundial, en particular sobre el presidente de Estados Unidos, país al que “no pienso volver”.
Hoy completo mi ‘trilogía Trueba’. En noviembre del año pasado charlé con su hijo, Jonás, y con su hermano, David, en cuestión de siete días.
–Y ahora con el viejo.
El patriarca de la saga.
–No me siento yo muy patriarca, pero, bueno, me encanta cuando estamos los tres juntos. Es una de mis situaciones favoritas.
¿Se suelen dar consejos?
–No demasiado, sobre todo porque cada uno tiene su estilo, aunque es cierto que ellos me dan más consejos a mí que yo a ellos.
¿Cómo es eso?
–Es que yo soy más imprudente, ellos son más sensatos e intentan protegerme. No tanto porque sea más atrevido, que con los años ya no lo soy tanto, sino porque... No sé cómo explicar esto sin meterme en camisa once varas...
Pruebe.
– Llega un momento en que sabes que no le puedes arreglar el mundo al que no quiere. Si un amigo te dice ‘oye, ¿me ayudas a limpiar la casa?’ Pues le ayudas a limpiar la casa. Otra cosa es ir a limpiarle la casa a uno que no te lo ha pedido. Es como estos países que invaden otro país para mejorarlo. Siempre acaba mal. Tienes Afganistán, Irán, Irak, Libia... Donde entran, no crece ya la hierba. Pues lo mismo pasa en las relaciones humanas. Solo se puede ayudar al que quiere ayuda, al que la solicita.
Pues parece que no aprendemos.
–Mira, por ejemplo, el humor. Si no lo quiere la gente, es perseguido y castigado. ¿Tú no ves que hay delincuentes que están por ahí sueltos y grandes delincuentes que han robado de la sanidad, que han robado de todas las cosas públicas y están por ahí, libres? Sin embargo va un chico, un humorista, y hace un chiste y rápidamente hay una maquinaria que se pone en contra para perseguirle, para amenazarle, para silenciarle.
¿Esa maquinaria tiene miedo al humor?
–El humor es de las cosas que más ofende. Y eso nos lleva a Azcona. Azcona tenía ciertas frases, que eran más bien creencias. Una de ellas me la dijo cuando íbamos a hacer nuestra primera película y nunca la olvidaré: ‘nada ofende más que la felicidad ajena’. Apenas el ser humano ve a dos chicos que están disfrutando, que se quieren, que quieren cogerse la mano, darse un beso... monta rápido una conspiración social para impedírselo. De eso trataba esa película, El año de las luces. Él era mayor que yo, y había pasado toda su infancia, adolescencia y juventud en el franquismo y en la falta de libertad. Y esto se le había quedado grabado de una manera más potente que a mí, que no me afectó tanto. Viví el final de aquello y casi hasta con un cierto cachondeo a partir de los 15 años.
"Antes, la ignorancia se avergonzaba un poco e intentaba no hablar en voz alta. Ahora no, ahora lo que está desprestigiado es la cultura, el conocimiento. Lo que mola es la subnormalidad profunda"
¿Le echa de menos cada vez que inicia un nuevo proyecto? ¿Le gustaría poder llamarle y preguntarle sus dudas?
–Sí, pero tengo una foto suya en una estantería justo detrás de la mesa de mi estudio. Una imagen especialmente significativa porque es de consulta, como los libros. Es una foto que elegí en Internet.
Seguro que tenían muchas juntos.
–Sí, pero esta me recordó a esas comidas que tuvimos durante 15 años, cuando salíamos del restaurante a las seis de la tarde y nos quedamos hablando en la calle porque ninguno quería irse. En esta foto de Internet, él tenía la misma expresión que en esos momentos. Era exactamente Rafael. Así que la amplié, la enmarqué, me la puse allí y la miro continuamente. Es la foto que yo necesitaba.
¿Cuál es la mayor lección que le dejó Rafael Azcona?
–Él renegaría de lo de dar lecciones. En ese sentido, su gran lección fue, probablemente, su modestia. Azcona tuvo distintas fases en su vida. Primero estuvo su fase de formación en Logroño, luego su fase de juventud en Madrid, con La Codorniz, y en Ibiza, cuando quiso ser poeta y escritor. Después llegó al cine de la mano de Marco Ferreri y más tarde conoció a Berlanga, con el que hizo sus cuatro obras maestras fundacionales: El pisito, El cochecito, Plácido y El verdugo. Por supuesto, a veces podía escoger y otras tenía que escribir por encargo para mantener a su familia. Y también hubo una época muy jodida, negra, de depresión, creo, en la que estuvo detrás de películas como La grande bouffe, Tamaño natural, Dillinger è morto y El anacoreta, que tratan de la muerte y de la soledad. No me hubiera sorprendido si se hubiera suicidado en esa época. Pero salió adelante.
Y se encontró con Fernando Trueba.
– Creo que cuando nos encontramos finalmente y empezamos a trabajar fue una época de renacimiento para él. En aquel momento estaba más contento que nunca, disfrutaba más de la vida y se reía más. Yo tuve la suerte de haber trabajado con él entonces, y aprendí montones de cosas sin que él me enseñara nada. Y no me refiero al oficio del cine, sino a la vida. Ahora recuerdo que no entendía que yo dijera que él escribía gags. Él creía que no, que simplemente escribía sobre la vida. El caso es que sus guiones están llenos de frases que se te quedan y que retratan España. Ese es el país de Azcona.
Lo de sabotear la felicidad de otros es, desafortunadamente, un instinto demasiado humano.
–Totalmente, eso de molestarse por la felicidad ajena y de querer arreglarles la vida a los demás es una lección no solo humana, sino también histórica. Mira cómo Trump ha arreglado la vida de los iraníes. Ha conseguido que exterminen a la oposición, con lo cual, ha logrado afianzar el régimen. Eso es lo que se consigue cuando tú entras en un sitio a hacer lo que no debes.
¿Y cómo funcionaban, habida cuenta de que Trueba siempre ha hecho gala de su optimismo y Azcona se declaraba un pesimista, esperanzado, eso sí?
–Yo también soy pesimista. Me acuerdo de una entrevista en la que le preguntaban a Woody Allen si le preocupaba que sus películas le sobrevivieran. Él dijo claramente no iban a quedar ni sus películas ni él ni las pirámides de Egipto ni la Capilla Sixtina ni nada. Y qué razón tenía. Eso es ser pesimista, pero, una vez que sabes eso y tomas conciencia de que un día cualquiera lo único que habrá por aquí serán bacterias y ya no estaremos ninguno, ni Trump siquiera, entonces decides que vas a hacer las mejores películas posibles o a hacer la vida agradable a los que te rodean.
Sin mayor trascendencia.
–Sin más. Hacerlo bien ya es suficiente ambición.
Visita la Filmoteca de Navarra para presentar ‘Belle Époque’. ¿Qué lugar ocupa esta película en su carrera y en su cabeza y en su corazón?
–Yo no pienzo en Belle Époque ni en mis otras películas. Estoy pensando en el libro que me estoy leyendo, en la película que voy a hacer, en si he quedado a cenar con un amigo esta noche... Obviamente, Belle Époque es un recuerdo bonito y venir aquí y ver la sala llena es agradabilísimo. Cuando me muera, puedo decir ‘que me quiten lo bailado’.
Lo que está claro es que en esta película se produjo la confluencia de un elenco que se había visto pocas veces en el cine español.
–Todos esos actores jóvenes y al lado de ellos Ferran Gómez, Agustín González, Chus Lampreave... ¿Qué más puedes pedir en la vida? Ya hubo un anticipo de eso en El año de las luces, con dos chicos de 15 y 16 años, Jorge Sanz y Maribel Verdú, rodeados de Alexandre, Rafaela Aparicio, Saza... Tener a generaciones tan distantes juntas y revueltas en esas películas fue un gustazo. El zoológico humano es muy hermoso. Recuerdo que durante el rodaje de Belle Époque cené casi todos los días Fernando Fernán Gómez. Eso era para mí como un regalo de los dioses.
No a todos los directores les gusta rodar... Sorrentino es un ejemplo.
–Una de las mejores cosas de un rodaje es la gente con la que te reencuentras o encuentras. Yo siempre que iba a rodar una película pensaba ‘qué bien, voy a volver a ver a mi amigo Pierre, el ingeniero de sonido, o a Rafa, el jefe de eléctricos. Es una suerte que con el pretexto de que hemos escrito un guion vayamos a ir a un sitio y a estar todos los días con gente cojonuda.
¿Después del Oscar de ‘Belle Époque’ le tentaron para rodar en Hollywood y escogió seguir controlando su trabajo?
–Sí, aunque hubo alguna propuesta que me tomé medio en serio, aunque luego la rechacé. Por ejemplo, había una comedia con un guión muy bueno y con actores como Sharon Stone y John Travolta. Me llevaron hasta allí para conocerles, y recuerdo que ella me cayó muy bien, me pareció muy lista, pero cuando le conocí a él pensé que no hay dinero suficiente ni en Hollywood ni en Fort Knox, para que le aguante yo en un rodaje. Y dije que no. Piensa que cuando trabajas con estrellas americanas, tienen un poder de decisión enorme y tú no te puedes poner en manos de cualquiera.
Conmemoramos este año el centenario de Azcona, ¿cree que fue reconocido o que, como sucede en otros casos, España no es muy dada a valorar a sus figuras culturales?
–Obviamente, no. Sí que fue muy reconocido por la gente del cine, y quizá por un sector social más culto, más interesado por saber quién está detrás de una película, pero no a nivel popular. Y en los tiempos que estamos, ya es imposible. Ahora la gente no sabe ni quién es Cervantes. Y la ignorancia es peligrosísima. Ahora vivimos una época de apoteosis de la ignorancia. Antes, la ignorancia se avergonzaba un poco e intentaba no hablar en voz alta. Ahora no, ahora lo que está desprestigiado es la cultura, el conocimiento. Lo que mola es la subnormalidad profunda.
“Solo de la migración y del mestizaje nacen la cultura, la riqueza, el crecimiento, la mejora de la vida, de la cultura, de la economía, de todo”
¿Y qué piensa cuando escucha conceptos como el de prioridad nacional?
–Estos días ha habido dos cartas buenísimas en El País. Una de ellas ironizaba diciendo que ese concepto es muy interesante, y hablaba de prioridad para recoger las fresas, prioridad para cuidar de los viejos, prioridad para trabajar el campo, para limpiar las calles... Es que es terrible. Si en la Atenas clásica hubiera habido prioridad nacional, no habría habido filosofía, ya que casi todos los filósofos eran migrantes de las colonias de Asia Menor o del norte de África. O sea, solo de la emigración y del mestizaje nace la cultura, la riqueza, el crecimiento, la mejora de un país, de la vida, de la cultura, de la economía, del trabajo y de todo.
¿Cómo lleva la dictadura del algoritmo?
No sé lo que es eso.
Pues que eligen por ti los contenidos que vas a ver.
¿Sabes qué pasa? Yo en esto soy un dictador. A mí me gusta todo el rato recomendar cosas, no que me las recomienden.
¿Quiere ser el algoritmo?
Algo de ritmo tengo... Recuerdo que Azcona siempre llegaba a las comidas y me recomendaba algún libro o alguna película. La amistad es que tus amigos son tu algoritmo, la gente con la que tienes cosas en común, con la que convives, con la que compartes las cosas. Me acuerdo también de que, cuando crecía, a mi hijo siempre le ponía películas preciosas para que disfrutara. Y el día que descubrió que existía el cine malo no daba crédito. Era como si viviera en un mundo donde todo el mundo es bueno y de repente viene uno con la motosierra y con cara de zumbado.
¿Y con las plataformas qué tal te llevas?
Bueno, me llevo muy bien con una que va a coproducir mi próxima película y con la mujer que lleva lo de los proyectos de cine, a la que le ha gustado el proyecto y lo apoya. Me parece maravilloso.