Con el convencimiento de pertenecer a un contexto con propia idiosincrasia y desligado de las malas artes, el Fútbol Club Barcelona desplegó el pasado sábado un amplio repertorio de marañas e intenciones características de la cutre chabacanería a la que el fútbol español nos tiene acostumbrados. El club culé, representante de la elite futbolística, trató de saltarse a la torera en connivencia con la chapucera Federación Española de Fútbol la normativa vigente, ninguneando de paso a todo aquel afectado que se interpusiera entre ambos. Despreciaron al Club Atlético Osasuna; a los empleados que trabajaron a destajo para el buen desarrollo del partido; a los aficionados que acudieron al estadio para presenciar el choque; al resto de clubes que se buscaron la vida, pese a las adversidades, para cubrir sus compromisos; y a los cientos de miles de personas atrapadas en los aeropuertos. Demasiada elegancia futbolística sobre el césped para tanta vulgaridad en los despachos. El club azulgrana también es elitista en la puesta en escena de la prepotencia y soberbia propias de este tipo de entidades.