Otra vez broncas y altercados en mi barrio originados entre vecinos y jóvenes de bajeras de ocio. Y también en la Rocha. Y en San Juan. Son incidentes de suma y sigue que no sé si todos llegan al informe municipal. Pero nos dicen que la cuestión está ahí. Hay que reconocer que las antiguas normativas han sido desbordadas. Hay que aceptar que, una vez que las bajeras de ocio son centros de ocio con vida nocturna, necesitan una normativa de ocio nocturno e insonorización y horario en consecuencia.
No sé por qué a un bar profesional, mejor acondicionado e insonorizado se le exige un horario, y una bajera de jóvenes, en ocasiones mucho más concurrida que un bar y a altas horas de la madrugada, no tiene más límite que el escurridizo decibelio, que no suele guardar relación con la molestia porque de madrugada se oye todo: conversaciones, musiquilla de plays, ritmos de fondo, gritos puntuales e intermitentes. De difícil medición con el audiómetro pero que enferman. Y no un día, sino por costumbre. Se han dado pasos en varios ayuntamientos para el tema de la insonorización y horarios. Pero en Pamplona, ni flores. Hay una propuesta ciudadana trasladada por el Defensor del Pueblo al Ayuntamiento de Pamplona del 7 de mayo de 2010 para regular horarios y ruidos en los piperos. Que yo sepa, no ha tenido efecto alguno. Hay que aceptar que la juventud, por su vitalidad e inconsciencia, siempre va a meter ruido. No espero nada de ellos, ni tampoco de los propietarios de las bajeras mientras no se les obligue por normativa a acondicionarlas. Pero sí puedo exigir a mi Ayuntamiento una actuación que no existe. No sé si por dejadez o por incapacidad.
Dice la Organización Mundial de la Salud que el entorno y el descanso son básicos para la salud mental. En Pamplona y en este asunto, cuesta abajo. Y no se te ocurra caer enfermo o tener un enfermo en casa. Mientras, los jóvenes se mueven entre la sorpresa y la burla por lo que les dejan hacer en los piperos y que no hacen en su casa. ¡Cómo se ríen y cómo se crecen! Y de qué pequeñas venganzas miserables son capaces con el vecino al que se le acaba la paciencia y se les enfrenta porque lo único que quiere es dormir. Y queda como un agresor.