Mesa de Redacción

Ni memoria, ni justicia ni reparación

08.05.2020 | 01:32

Ha muerto el torturador franquista Antonio González Pacheco. Ése era su nombre de ser humano. Cuando perdió la humanidad pasó a llamarse ya para siempre Billy el Niño, y con ese apelativo de pocas heroicas resonancias al Viejo Oeste, se fue en compañía del COVID-19. Es lo que tiene la vida. Los malditos torturadores tampoco evitan el polvo como destino. Que se haya ido en compañía del coronavirus sólo es otro ejemplo de lo inútil que fue su inhumanidad. No me alegro de ninguna muerte. Pero tampoco me apena la de esta tipo chulo con la vocación de hacer el mal convertida en profesión bajo el paraguas del aparato policial y político de la dictadura franquista y, lo que es peor, de la posterior democracia. Otro ejemplo de su baja calidad aún hoy. Algún día la luz se hará pública para bochorno de quienes eludieron sus obligaciones democráticas. Los porqués deben ser inconfensables. Billy el Niño, ha muerto, como su jefe el genocida Franco, en la cama y con todos los honores y compensaciones logrados por sus torturas y malos tratos en su nómina mensual. Un tipo patibulario de la peor estofa al que 40 años después ningún Gobierno español fue capaz –o tuvo el valor, y esta segunda opción es aún peor– de retirar sus condecoraciones y pensiones logradas por su labor como torturador. No sólo eso, una parte de esos beneficios económicos fueron otorgados por gobiernos del PSOE y PP. Tan incomprensible como injustificable. La tortura es un ejercicio cobarde que sólo los cobardes pueden ejecutar. Sánchez se comprometió en 2018 a poner fin a esta infamia. No lo ha hecho. El ministro Grande-Marlaska debe dar una explicación por esta nueva dejación de sus funciones. Su suelo ético ya está en los bajos fondos, los mismos por los que deambulaba Billy el Niño, después de las sucesivas sentencias de Europa que han cuestionado una y otra vez su papel como juez de la Audiencia Nacional ante las denuncias de torturas de detenidos acusados de relación con ETA. Pero le ha tocado además ser el último responsable político de que el torturador Billy el Niño haya muerto sin justicia, reparación y memoria para sus víctimas. Y a Billy el Niño, que la tierra le sea muy pesada. Un nada inocente deseo como pequeño consuelo.