Once años después de haber perdido el Gobierno, la derecha foral y española continúa dando preocupantes muestras de inadaptación a la realidad social y política de la Comunidad. Entra dentro de toda lógica que su larga estancia en la oposición le resulte incómoda y que se revuelva ante este status quo que le deja fuera de las grandes decisiones. Llama, sin embargo, la atención que su rechazo a todo lo que parte de los equipos de gobierno sea prácticamente generalizado sin entrar a valorar su contenido.

Lo hizo con el Plan de Convivencia que aprobó el Gobierno de Navarra, pese a que superaba con creces a todo lo hecho en este sensible terreno con anterioridad –incluida la atención de las víctimas del terrorismo–, y lo vuelve a hacer con el que ahora han pactado las fuerzas de progreso en el Ayuntamiento de Pamplona. Todavía despechado por la democrática moción de censura que arrebató a Cristina Ibarrola la vara de mando en diciembre de 2023, UPN tilda de “farsa” el plan, lo desprecia y lo minusvalora con el argumento de que “la inmensa mayoría de Pamplona ya convive sin ningún problema”. Se equivoca. Dar la espalda a la convivencia es un inmenso error.