Después del covid, del hantavirus y ahora del ébola, la sensación es la misma: seguimos llegando tarde. Tarde a la prevención, tarde a la financiación y tarde a la coordinación internacional. El brote en la República Democrática del Congo se produce en un país marcado por décadas de conflicto, alimentado en parte por la riqueza de sus recursos naturales, que ha financiado a numerosos grupos armados y ha debilitado de forma constante la respuesta sanitaria y humanitaria.

Ya han muerto al menos tres voluntarios de Cruz Roja en labores de asistencia (el virus es más letal cuando se manipulan cadáveres sin las condiciones adecuadas), además de cientos de personas a causa del brote, lo que refleja la dificultad de actuar en un territorio inestable y con recursos muy muy limitados. La República Democrática del Congo es golosa: uno de los principales centros mundiales de extracción de minerales críticos como el cobalto, el coltán y el cobre, esenciales para la industria tecnológica y energética global.

En su explotación participan empresas chinas, junto a multinacionales de Estados Unidos, la Unión Europea y Sudáfrica, lo que muestra su fuerte integración en la economía mundial, aunque también plantea dudas sobre cómo se reparten los beneficios y en qué condiciones se extraen esos recursos. Lo que sí sabemos es que la ayuda humanitaria y sanitaria llega con dificultad, y los sistemas locales trabajan muchas veces al límite.

Sin una ayuda sostenida y un reparto más justo de la riqueza global, África seguirá en una situación de debilidad estructural, con sistemas sanitarios poco preparados para afrontar crisis repetidas.

El virus ya ha pasado del Congo a Uganda. Estados Unidos ya está activando protocolos estrictos de cara al Mundial. Cuando los brotes no se contienen en origen, terminan alcanzando al resto del mundo. Es un efecto de retorno que ya conocemos. Reforzar la respuesta sanitaria donde es más débil no es solo una cuestión de solidaridad, es también una forma de proteger la salud global