este año se cumple un cuarto de siglo desde que las dictaduras comunistas de Europa del Este comenzaron a caer una detrás de otra tal que fichas de dominó. En 1990 se abrió el muro de Berlín y se puso fin a la Guerra Fría, que había puesto en riesgo la pervivencia de la humanidad en la Tierra por la proliferación de armas de destrucción masiva y el riesgo real de un enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias: EEUU y la URSS, y sus países satélites, o, lo que era lo mismo, entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Tras la caída del Telón de Acero que separaba los dos bloques antagónicos: el capitalista y el comunista, comenzamos a recibir informaciones sobre cómo vivían los ciudadanos de los países comunistas. Pudimos saber que los obreros no disfrutaban allí de más derechos laborales que sus camaradas occidentales, que las libertades estaban muy mermadas y que durante la época de Stalin los soviéticos habían sufrido su particular fase del terror, en la que proliferaron las purgas políticas, los gulags o campos de trabajo forzoso y prisiones, la represión generalizada y el sometimiento del conjunto de la población a un poder despótico.

En Europa Occidental, antes de que cayera el muro de Berlín, los partidos comunistas ya habían iniciado la senda del revisionismo. En el Estado español el PCE, con Santiago Carrillo en la dirección, ya había adoptado las tesis del eurocomunismo, una doctrina que aceptaba la pluralidad política y la democracia burguesa con el propósito de dotarla de contenido social y de derechos laborales y sociales. Este partido, por ejemplo, se había distanciado del estalinismo antes de que la Iglesia católica pidiese perdón de tapadillo por su belicoso papel en la Guerra Civil y su vergonzante apoyo posterior al franquismo. Además, había participado en la elaboración de la Constitución de 1978, renunciando a buena parte de su bagaje ideológico. Superado el ecuador de la década de los 80, se fundó IU, con lo que consiguió mantenerse en pie pese a la hecatombe del socialismo real.

La teoría del sorpasso se sustenta de la posibilidad de que IU se convierta en la principal fuerza de la izquierda en el Estado. La experiencia nos demuestra que la tendencia dominante ha sido otra. El comunismo democrático abarca un espacio electoral que fluctúa entre la veintena de diputados y la casi desaparición cuando el voto de izquierdas se aglutina en torno a un candidato socialista que consigue ilusionar. Esto ya sucedió en la Transición. El PCE había obtenido algo más de veinte diputados y se quedó en cuatro en 1982 a causa de la ilusión generada por Felipe González, un político que, una vez en el poder, enarboló las banderas del pragmatismo y de la renuncia a los postulados de izquierda. Con Julio Anguita en la dirección, IU volvió a remontar posiciones, pero no superó los resultados de 1977, solamente los igualó.

Dada la crisis económica, parecía que, por fin, el sorpasso se produciría, que IU se convertiría en alternativa de gobierno, por lo menos, en cuanto a ser decisiva a la hora de pactar entre los partidos de izquierda. Y, nuevamente, como hemos comprobado en las pasadas elecciones europeas, ha fracasado su tentativa, esta vez por la sorpresiva irrupción de Podemos, una fuerza política con un liderazgo nítido, que ha conseguido generar una poderosa esperanza. Y, sin embargo, se queda pendiente la cuestión de si Podemos tiene un proyecto político diferente, novedoso, innovador, que proponga cambios verosímiles y realizables, algo distinto a la propuesta comunista clásica. La solución tal vez pase por que se incrementen los derechos laborales y sociales y por una apuesta decidida por el sector público, pero no podemos concebir el retorno a Europa de gulags de ninguna clase.

El autor es escritor