No más megaparques eólicos

31.08.2020 | 00:21
Imagen de detalle de un aerogenerador

la publicación del artículo titulado ¿Necesitamos más parques eólicos en Navarra? de Mikel Saralegi Otsakar, presidente de la fundación para la defensa medioambiental Sustrai Erakuntza. (https://fundacionsustrai.org, 22-05-2020; DIARIO DE NOTICIAS, 1-06-2020; Naiz, 12-06-2020), me permitió conocer la existencia de cinco proyectos de parques eólicos gigantes que la multinacional Sacyr pretende materializar en los valles navarros de Odieta, Txulapain, Ezkabarte, Olaibar, Anue, Esteribar, Eguesibar, Lizoainibar-Arriasgoiti y Erroibar. No son los únicos previstos, dado que hay más proyectos de este tipo promovidos por otras empresas en los términos de Lesaka, la sierra de Sarbil y al norte de Tierra Estella-Estellerria. Y a todos estos se sumarán más en el futuro.

En todos los casos se trata de la instalación de aerogeneradores de dimensiones gigantescas que, como ya ocurre en la sierra de Alaitz y en otros muchos lugares del centro y sur del territorio, generan paisajes de desproporción, humillando a los hitos paisajísticos del entorno. Ubicados a lo largo de los cordales, estas máquinas inmensas pretenden acabar con los últimos horizontes naturales de Navarra, imponiendo estériles superficies y skylines industriales en los lugares donde una naturaleza y un medio rural cada vez más acorralados han sobrevivido hasta ahora libres de las infraestructuras que proliferan por el territorio.

El montaje y mantenimiento de estos megaparques eólicos requiere la construcción, en terrenos escarpados y de una enorme belleza, de grandes vías de acceso, edificios, zanjas de soterramiento, tendidos eléctricos, cimentaciones, plataformas de montaje y zonas auxiliares, como aparcamientos y vertederos. Si no impedimos este despropósito, la destrucción y sellado de suelos fértiles, y el daño a praderas y bosques en buen estado de conservación va a ser muy grave. También va a suponer una importante agresión al patrimonio geológico, un conjunto de bienes no renovables. Meta gozosa de tantas excursiones montañeras, los lugares en los que se pretende meter la maquinaria pesada contienen algunos de los más espectaculares y estudiados afloramientos de los depósitos geológicos de origen marino del área surpirenaica. En suma, el resultado no puede ser otro que una enorme y retrógrada agresión a la naturaleza, al patrimonio natural, a la historia y al paisaje, un medio modelado durante milenios por los habitantes del territorio, sobre terrenos formados por los procesos biogeológicos a lo largo de millones de años.

En el siglo pasado Navarra, fértil campo de asociaciones y plataformas solidarias, ocupó puestos de cierta vanguardia en el camino la protección de la naturaleza. Entre sus sociedades culturales existió una pionera Hermandad del Árbol y del Paisaje que, junto con otras iniciativas, promovió hace casi ya 100 años la repoblación del monte Ezkaba. Otro hito en este sentido fue el nacimiento en 1969 de la Agrupación Navarra de Amigos de la Naturaleza (ANAN). Entidad muy activa, promovió la creación en Navarra de una serie de reservas privadas, adelantándose años a lo que hoy en día se llaman redes de custodia del territorio. En 1983 nació en Pamplona la Sociedad de Ciencias Naturales Gorosti Natur Zientzi Elkartea, cuya andadura continua en nuestros días. Desde entonces, en lo que a la naturaleza global se refiere, las cosas han ido de mal en peor. En las últimas décadas, la población humana y el consumo de recursos se han disparado de tal modo que nos hemos convertido en una plaga planetaria. En la era de la Gran Aceleración (Will Steffen y colaboradores, 2015) la naturaleza está sufriendo un tremendo acoso. Somos los causantes de un ecocidio global que puede causar un desmoronamiento generalizado de los ecosistemas. Pocas dudas existen ya de que nuestra actividad es la principal responsable del rápido calentamiento climático que sufre el planeta. Hasta ahora las convenciones, protocolos y acuerdos internacionales para proteger la biodiversidad y reducir las emisiones contaminantes no han servido para mucho. Si, como afirma el lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky, a todo esto, unimos la permanente amenaza nuclear y la crisis democrática global, parece que el futuro para nuestra especie es cada vez menos esperanzador.

Pero en medio de este sombrío panorama, desde las dependencias de algunas multinacionales y gobiernos surgen las voces redentoras. Su estandarizada retórica es la del desarrollo sostenible, otra clase de cuadratura del círculo. Se trata de un mensaje puramente antropocéntrico, desprovisto de empatía con la naturaleza, reemplazada ahora por el frío concepto de medioambiente, convertida solo en recursos que debemos saber explotar de otra manera. Parecen decirnos que no es necesario que los habitantes del llamado mundo desarrollado cambiemos de modo de vida. Son los profetas de las energías renovables. Pero tras toda esta liturgia con ropajes verdes y logotipos con hojas de árbol, en muchos casos tan solo hay obsesión por el lucro, por ganar dinero –y votos– a costa de lo que sea. Si fuera por los directivos de ciertas corporaciones no quedaría un solo rincón libre de sus grandes instalaciones, aunque sean los lugares más salvajes y bellos del planeta. Sus decisiones se toman, sin vínculo sentimental alguno con el territorio, desde despachos lejanos. Para ellos la tierra es sobre todo una superficie, con zonas más o menos apropiadas para sus negocios, desprovista de historia, patrimonio y habitantes.

Desafortunadamente, como indica el naturalista inglés Paul Kingsnorth (Confesiones de un ecologista en rehabilitación, Errata naturae, 2019), en los últimos tiempos gran parte del movimiento ecologista ha abandonado su mensaje originario de emoción hacia lo salvaje y de pertenencia a una naturaleza que tiene valor más allá de su utilidad, y se ha puesto a discutir sobre sostenibilidad y energías limpias, entrando a jugar en el terreno ventajoso del enemigo. Por otro lado, las personas que, con todas nuestras contradicciones, hacemos esfuerzos para no comulgar con estas ruedas de molino gigantes somos tildadas, por quienes nos quieren imponer un pensamiento único, de retrógradas, de que no ofrecemos soluciones y demás coletillas de siempre. Pero la necesaria apuesta por las energías renovables no puede implicar la destrucción de la naturaleza, la despiadada industrialización del medio natural y rural a base de pantanos y parques eólicos y solares gigantes por todas partes, que obliteren la posibilidad de poner en marcha proyectos locales, utilizando si es necesario esas mismas alternativas tecnológicas, pero a escala humana, respetuosos con la tierra y el patrimonio. Si seguimos con este ritmo de desarrollo, inmersos en un sistema socioeconómico que lo está arrasando todo, en la trampa del progreso y del consumismo exacerbado, no hay sustitutos posibles de la energía nuclear y los combustibles fósiles. La extinción de la vida salvaje y nuestro declive serán imparables.

En este contexto general cabe ubicar, en mi opinión, las pretensiones de Sacyr y otras empresas de construir más megaparques eólicos en los montes navarros; también en el más concreto de una Navarra que, secularmente sometida a los intereses de los estados español y francés, no puede completar políticas propias en materia alguna. Se trata de negocios particulares, no de una necesidad para nuestra sociedad. ¿En qué favorece para el desarrollo de proyectos agropecuarios vanguardistas, que se nutran de los activos naturales de estas zonas y los beneficien, o para iniciativas que consideren el creciente geo y bioturismo, la ensordecedora y amenazante sombra de esos descomunales mamotretos, barreras asesinas de aves, que mancillan el paisaje? Ante la despoblación rural que sufre nuestro territorio ¿qué efecto tractor pueden tener unos valles tan fatalmente ornamentados, con sus montes convertidos en desiertos polígonos industriales?

Todavía estamos a tiempo de preservar lo que nos queda de belleza natural en los paisajes de Navarra. Desde estas líneas me sumo al cúmulo de voces que apuestan por ello, cuestionando y oponiéndose a estos nuevos y descabellados proyectos de megaparques eólicos, que afectan tan negativamente al patrimonio natural, histórico y paisajístico de la tierra a la que pertenecemos; a todos los vecinos y vecinas, asociaciones, cargos y ayuntamientos de los valles navarros que piensan que el futuro de los mismos pasa por trabajar en creativa y enriquecedora relación armónica con sus bienes naturales.

El autor es doctor en Ciencias Biológicas y catedrático de Paleontología de la UPV/EHU

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