Tribunas

Korrika, a bordo

17.04.2022 | 00:31
Korrika, a bordo

la vigésimo segunda Korrika ha llegado a su fin. Esta ha sido, sin lugar a duda, la más especial de las que he vivido, porque he tenido la oportunidad de vivirla desde dentro. Cuando vi la llamada de AEK pidiendo voluntarios para formar parte de los equipos encargados de conducir la Korrika desde la furgoneta, no lo pensé demasiado y envié mi CV. A finales del año pasado recibí un correo electrónico confirmándome que había resultado elegido y sentí entonces una mezcla de sensaciones entre alegría y miedo. No mentí en mi CV y dejé claro que tenía a mi favor algo de experiencia con la fotografía, pero también que mi nivel de euskera es el que es, porque sigo siendo estudiante de AEK. Aún y todo, decidieron hacerme formar parte del equipo, lo que para mí supuso todo un reto.

En las dos reuniones previas de preparación que mantuvimos, se multiplicaron todos los complejos que sentimos la mayoría de los que estamos aprendiendo euskera. Yo era el único estudiante entre los dos equipos de furgoneteros y el equipo de prensa, y no es lo mismo hablar euskera con tus compañeros de clase, que con gente que vive en euskera su día a día. Te haces pequeño, te vuelves tímido aunque no lo seas, te anulas... y todo eso lo haces tú solito, porque a nadie de los que estaban allí más que a mí, le importaba lo más mínimo mi nivel de euskera. A fin de cuentas, yo no soy quien condiciona su derecho a vivir en euskera, aunque a los que todavía estamos aprendiendo, nos cuesta metérnoslo en la cabeza.

Los máximos responsables de la organización de la Korrika nos dieron en aquellas reuniones a los furgoneteros un escueto pero contundente mensaje: "Nuestro trabajo ha llegado a su fin, a partir de ahora, la Korrika está en vuestras manos; cuidadla, cuidad a la gente y cuidaos vosotros, nos veremos en Donostia el 10 de abril".

Con ese recado llegó el día de la salida el 31 de marzo. Después de 3 años de espera y con un día de perros pero llenos de ilusión, salimos de Amurrio con todas las emociones a flor de piel. Por delante, 2.575 km en tandas de 14 horas de furgoneta. Ese era el plan, recorrer durante 11 días toda Euskal Herria con la única premisa de que el lekuko, el testigo de la Korrika, no se extraviara y pasara de mano en mano a la hora prevista (lo hicimos lo mejor que supimos), por cada kilómetro del recorrido. Pero nadie me había explicado todo lo que me iba a encontrar y todo lo que iba a sentir.

Por una lado, me encontré unas condiciones más bien duras; yo soy muy sensible al frío, y por las noches, sobre todo los primeros días, nos encontramos con madrugadas heladoras, horas por debajo de -5ºC. En la furgoneta, la mayor parte del tiempo lo pasas de pie, saltando a tierra para extender o recoger una pancarta, para correr acompañando y guiando al relevo que lleva el testigo o para cualquier otra vicisitud de la Korrika, animando desde el micrófono a los korrikalaris, sacándoles fotos, etc. Durante el turno del otro equipo de furgoneteros, teníamos que alimentarnos, realizar los traslados, preparar la jornada siguiente y dormir, una media de 5 horas, 6 como máximo, cada día con un horario distinto. Físicamente todo esto pasa factura, pero trabajando en equipo todo se supera.

Por otro lado, me encontré un montón de caras nuevas a cada kilómetro, todas con una sonrisa de oreja a oreja, aplaudiendo y saltando de alegría al ver llegar la Korrika, sin importar la hora que fuera, la temperatura que hiciera o la lluvia o nieve que cayera. Me encontré con cientos de voluntarios que participaron en la Korrika, ya fuera colgando los carteles de cada relevo, en los comités de cada barrio de cada ciudad o pueblo preparando el camino, trayéndonos comida a la carretera, proporcionándonos un sitio para dormir, haciéndonos el desayuno a la hora que fuera de la madrugada, actuando de animadores al micro, y todo ello, por el amor a una lengua que nos une en cada esquina de Euskal Herria. Todo esto, nos cargaba de sobra las baterías.

Nuestra furgoneta, al igual que nuestra tierra, estaba bien representada con un furgonetero de Iparralde y otros 10 de las 4 provincias del sur de Euskal Herria. Yo era el único navarro de los dos equipos, y como navarro que soy, me emocioné sobre todo viendo la respuesta en esa zona a la que hace 40 años, 4 años después de una dictadura en la que el euskera estaba sencillamente prohibido, denominaron "no vascófona". En mis turnos nos tocó pasar por Larraga, Lerín, Villafranca, Marcilla, Caparroso, Mélida, Carcastillo, Cáseda... y la respuesta fue espectacular. Lo mismo en el resto de los pueblos de la Ribera por los que pasó la Korrika según me dijeron mis compañeros del otro turno. Desde luego que los euskaldunes son una minoría en estos pueblos, igual que los monolingües castellanos lo son en muchos otros pueblos de Navarra. Los mismos derechos que tienen unos, deberían tenerlos los otros. No es sin embargo tan poca la gente que apoya el euskera aunque no lo hable, como era mi caso hace solo unos años y motivo por el que he decidido escribir esta carta en castellano, a pesar de volver de la Korrika con el firme compromiso de emplear siempre el euskera como primera opción, para que mi interlocutor sepa que conmigo si quiere, puede vivir en euskera.

Esa absurda zonificación lingüística en Navarra tiene que acabar, ya vamos décadas tarde. Igual que en Iparralde le tienen que dar al euskera la importancia que tiene y no tratarlo como un simple atractivo turístico. Resulta obvio que una lengua tiene que ser oficial allí donde se habla, y con más motivo si está minorizada si lo que queremos es conservarla.

Aprender euskera, como cualquier aprendizaje, me ha supuesto una dedicación y un esfuerzo, pero lo que estoy recibiendo a cambio no tiene precio, hasta el punto de haber tenido el privilegio de formar parte de la organización de la Korrika. El euskera es para mí, sin duda, la llave de acceso definitiva a una cultura sepultada durante siglos por quienes impusieron en su día la suya en vez de tratar de enriquecerse con ella.

Y a tenor de lo que he visto durante este increíble viaje, somos cada vez más los que pensamos así, los que nos comprometemos con nuestra lengua autóctona a pesar de que en muchos casos y por muchos motivos, no hayamos tenido la oportunidad de aprenderla o tristemente, nos hayan negado la opción de hacerlo, por haber nacido en una época o en unos lugares determinados.

La Korrika surgió como una necesidad económica de AEK para poder mantener vivo el sueño de recuperar nuestra lengua en toda Euskal Herria, pero no creo que quienes la promovieron pudieran llegar a imaginar la dimensión y la transcendencia que ha adquirido, llegando a ser hoy, con toda seguridad, el pionero y mayor evento mundial de cohesión de un pueblo a través de su idioma.

Dentro de dos años, y si otra pandemia mundial no lo impide, la Korrika volverá a llenar las calles, plazas y carreteras de Euskal Herria de euskaldunes y euskaltzales en apoyo de nuestra lengua, pero hasta ese día, tenemos una tarea diaria que hacer, que es vivir en euskera y quitarnos los complejos, unos para hablar y otros para dejar hablar.

Nire furgonetero-kide maiteoi, benetan mila mila esker zuen laguntza, zuen babesa eta zure maitasunagatik. Maite zaituztet.

Gora euskara! Gora Korrika!

La mayor parte del tiempo lo pasas de pie, saltando a tierra para extender o recoger una pancarta, para correr acompañando y guiando al relevo

 

Resulta obvio que una lengua tiene que ser oficial allí donde se habla, y con más motivo si está minorizada si lo que queremos es conservarla

noticias de noticiasdenavarra