Los titulares de prensa nacional e internacional rebosan con los ecos del escándalo protagonizado por el presidente de la Federación Española de Futbol, Luis Rubiales, ante su conducta impropia y poco ejemplar, por su efusión no consentida y del peor machismo con una de las recientes campeonas mundiales españolas de ese deporte y otras expresiones obscenas. Hay que lamentar, sin embargo, que el sensacional y merecido éxito de nuestras jugadoras haya quedado desgraciadamente opacado en cierto modo por este lamentable hecho.¡ Una pena! Vaya, de todos modos, mi más sincera felicitación, ¡Zorionak!
Analizando un poco el historial del cargo y los varios presidentes que ha tenido la Federación, vemos que, al menos desde la Transición política en 1975, tres de los cuatro presidentes han sido objeto de escándalos o estado salpicados por agudas controversias que han trascendido el ámbito del deporte futbolístico.
Empezando en 1975 con D. Pablo Porta, catalán, abogado y profesor, nos encontramos que, a pesar de ser un hombre en principio cualificado, tenía el problema de estar desubicado en el tiempo, pues le tocó todo el tránsito de la dictadura a la democracia. El Sr. Porta era de filiación falangista y había sido nada menos que jefe del SEU en Cataluña, o sea el jefe del sindicato universitario franquista. El hombre cometió el error de apegarse al asiento demasiado en tiempos convulsos en que no era precisamente oportuno ser añorante de José Antonio.
Su vocación de servicio era tan ferviente que pretendió ya en tiempos de Felipe González, 1984, presentarse de nuevo a la reelección para un tercer mandato, que seguramente hubiera ganado, pues en la Federación se solían dar mayorías a la búlgara a favor del ocupante del cargo. El Gobierno no le tenía precisamente afecto y promulgó un decreto, que popularmente se conoció como antiPorta, prohibiendo una tercera reelección. Por otra parte, el Sr. Porta tuvo que sufrir una campaña virulenta en su contra por parte del conocido comentarista deportivo José María García, quien le atribuía con razón o sin ella de supuestas irregularidades en su gestión.
Hubo después una época de relativa tranquilidad bajo la batuta del Sr. Roca que no duró más que cuatro años. En 1988 fue elegido nuevo presidente. En este caso se trataba de Ángel María Villar, licenciado en Derecho y antiguo jugador del Athletic de Bilbao y de la selección española. Como había sucedido con Pablo Porta, el nuevo presidente mostró una gran afición al puesto, siendo reelegido hasta en seis ocasiones. Como a través de esos más de veinte años había ido tejiendo relaciones y amistades en los organismos internacionales, llegó a vicepresidente de la UEFA, la asociación de gobierno del fútbol europeo, así como del ente de gobierno mundial de ese deporte: la FIFA.
Estaba, pues, el Sr. Villar firmemente sentado en su presidencia de la federación española y los organismos internacionales cuando saltaron a la prensa noticias alarmantes sobre graves irregularidades económicas en la gestión de subvenciones públicas, que, a juicio del Tribunal de Cuentas, podían ascender a más de 20 millones de euros. La fiscalía, a resultas de las investigaciones en curso, instó la detención del Sr. Villar, de modo que mediante auto de la Audiencia Nacional, ingresó en la cárcel de Soto del Real, donde permaneció algún tiempo cumpliendo la sentencia judicial correspondiente.
Corolario de estas causas judiciales fue su destitución de sus cargos nacionales e internacionales, terminando así una exitosa carrera como dirigente del fútbol que, como hemos indicado antes, se extiende básicamente desde el 1988 hasta el 2017. No faltó tampoco en esta larga trayectoria algún fuerte encontronazo con el Gobierno, disconforme con su actuación al frente del deporte rey.
Y así hemos llegado hasta nuestros días. En que, de nuevo, nos encontramos con un sonoro escándalo protagonizado por el presidente de la federación, D. Luis Rubiales, que llegó a este puesto en el 2018 con bagaje bastante parecido, licenciado en Derecho, antiguo jugador de fútbol, aunque con una ejecutoria más modesta que Villar y expresidente de la Asociación de Futbolistas Españoles. Siguiendo la estela de sus antecesores, buscó exitosamente la reelección en el 2020, asegurándose el puesto hasta el 2024. Del mismo modo que aquellos, consiguió el cargo de vicepresidente de la UEFA.
Su carrera parecía pues firmemente asentada siendo probable un largo desempeño. El diablo, sin embargo, tenía sus planes, de modo que pronto empezaron a filtrarse en la prensa ciertos detalles que olían a corrupción y malversación de fondos. Se hablaba de la organización o al menos participación en eventos lúdicos con gente de dudosa moralidad y, lo que es peor, sufragados con fondos de la Federación. La cosa subió a mayores con su intención de organizar la Supercopa de España, en amigable alianza con Gerard Piqué, nada menos que en Arabia Saudí, todo ello aderezado con el caldo de sustanciosas comisiones de más de 20 millones de euros. ¿Verdad? ¿mentira? La respuesta, como en la canción de Dylan, está en el viento, en este caso del desierto.
No se llegó a tomar ninguna medida especial al respecto, y el Sr. Rubiales prosiguió alegremente su carrera de triunfador. El puesto federativo tiene un atractivo singular pues, amén de su proyección social, codeándose con reyes, presidentes, altos ejecutivos y directivos de diverso pelaje, está excelentemente dotado económicamente, pudiendo Rubiales muy bien alcanzar uniendo su paga española de más de 600.000 euros a los estipendios internacionales de la UEFA, casi el millón de euros.
Como se puede apreciar, estos cargos de dirigentes del fútbol que hemos comentado tienen en común glamour, contactos de alto bordo, generosos beneficios económicos, y sobre todo una autonomía rayana en la anomia o desmadre. El control es nulo o casi, la responsabilidad es más que limitada, casi inexistente, porque ¿ante quién tienen que dar razón de sus actos? ¿El Consejo Superior de Deportes, la FIFA? ¿Ante la Historia?
Los representantes políticos tienen un escrutinio constante en los parlamentos, la prensa y la opinión pública. Los ejecutivos empresariales responden ante los accionistas, los consejos de administración, el análisis de auditores... Pero estos cargos federativos van a su aire cual si fueran autocracias. Corolario de esta situación ha sido en los tres casos examinados un abrupto desenlace con estrepitosas caídas en desgracia, acusaciones de corrupción o conductas indignas y consiguiente petición de cese fulminante. El último, L. Rubiales, por supuestas irregularidades en la gestión, y al final por su conducta impropia al no respetar la dignidad y la estima de las jugadoras. Rubiales, sin embargo, ha decidido rebelarse y los tribunales y el Ejecutivo se ven impotentes, quizás, para atajar el chandrío.
La culpa de todo este embrollo reside en gran parte en la confusión existente sobre la naturaleza jurídica de estas organizaciones deportivas, pues no se sabe muy bien si tienen carácter público o privado, como muy certeramente lo apunta la incisiva periodista Elisa Beni en un reciente artículo. Buscan vivir a su aire sin controles, pero no hacen ascos a subvenciones públicas. Es urgente pues aclarar el asunto y ejercer un efectivo control y delimitación de responsabilidades.