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La carta del día

La empresa como realidad superior

La empresa como realidad superior

La negociación entre empresa y trabajadores es uno de los pilares fundamentales del diálogo social. No es solo un trámite legal ni un pulso de fuerzas, sino un espacio decisivo donde se juega el futuro de la propia empresa y, con ella, el de todas las personas que dependen de su continuidad. Sin embargo, muchas negociaciones fracasan no por falta de normas o de voluntad, sino por un error más profundo: se pierde de vista qué es realmente la empresa.

Con demasiada frecuencia, en la mesa de negociación cada parte piensa únicamente en sí misma. El empresario busca legítimamente ganar más. El capital exige garantías suficientes para proteger su inversión. Los trabajadores aspiran, también legítimamente, a trabajar menos y ganar más.

Cada uno defiende su interés particular, pero casi nadie defiende a la empresa como tal. Y cuando la empresa no es defendida, la empresa se resiente. El resultado es conocido: pérdida de competitividad, deterioro del clima laboral, descapitalización, y en demasiados casos, quiebra o suspensión de pagos. Entonces, paradójicamente, todos pierden.

La empresa no es la suma de intereses enfrentados. Uno de los errores más habituales es identificar la empresa con alguno de sus elementos, para unos, la empresa es el empresario, para otros, el capital; para otros, los trabajadores. Esta visión fragmentada convierte la negociación en un campo de batalla. Pero la empresa no es ninguno de estos elementos por separado. La empresa es una realidad superior, que nace y existe únicamente cuando empresario, capital y trabajadores se unen en un proyecto común.

Sin empresario no hay dirección ni visión. Sin capital no hay medios ni inversión. Sin trabajadores no hay actividad ni valor real. La empresa surge de la unidad de estos tres factores y solo prospera cuando esa unidad se preserva. Por eso, la empresa no es un objeto a repartir, sino un sujeto que debe ser protegido, cuidado y desarrollado.

La negociación debe pensar en la empresa, no contra la empresa. Cuando en una negociación cada parte maximiza su beneficio inmediato sin considerar el impacto sobre la empresa, el acuerdo puede ser formalmente válido pero materialmente injusto y económicamente insostenible. Ganar una negociación a costa de debilitar la empresa es, en realidad, perder a medio plazo. Negociar pensando en la empresa implica preguntarse: ¿Este acuerdo fortalece o debilita la viabilidad del proyecto? ¿Permite que la empresa siga creando valor y empleo en el futuro? ¿Reparte de forma justa los frutos de la buena marcha empresarial?

La justicia en la empresa no consiste en que uno gane y otro pierda, sino en que los tres elementos se beneficien de la buena marcha de la empresa. Si la empresa prospera, el empresario debe poder obtener una rentabilidad razonable. El capital debe ver protegida y recompensada su inversión. Los trabajadores deben participar de esa prosperidad en forma de empleo estable, salarios dignos y condiciones humanas de trabajo. Esta justicia solo es posible cuando se entiende que el éxito de uno depende del éxito de todos, y que el fracaso de la empresa arrastra inevitablemente a los tres.

La empresa no es un campo de confrontación permanente, sino una comunidad de persona con el mismo destino. Cuando empresario, capital y trabajadores dejan de verse como adversarios y se reconocen como partes de una misma realidad superior, la negociación deja de ser un juego de suma cero y se convierte en un verdadero instrumento de progreso económico y social. Defender a la empresa no es ir contra nadie. Es, precisamente, la mejor manera de que todos ganen.