Una afirmación repetida una y otra vez es: la historia se repite. Cada momento histórico, cada época, tiene sus peculiaridades que la caracterizan y todas tienen uno o varios personajes que constituyen el prototipo de su época. Monopolizamos cada época con una serie de virtudes o, con frecuencia, de desventuras. Habitualmente lo resumimos con una palabra: románico/oscuridad, gótico/luz; igual de factible es permisible para los personajes, muchos de los cuales tienen un apodo que hace referencia a su condición física o a su talla moral.

La época actual estamos en una situación que invita al desaliento; nuestros líderes nacionales (casi) son de pacotilla en el plano internacional y les tiemblan las canillas en la toma de decisiones. Ello conlleva que todas las instituciones internacionales surgidas después de la segunda guerra mundial estén ninguneadas. Maquiavelo ha renacido con su carencia de escrúpulos y prejuicios, utilizando métodos rufianescos propios de Robespierre.

Entre los líderes internacionales hay dos que gozan del favor de los medios. No alcanzo a conocer las razones que definen a un líder excepto si no es en contraposición al resto, que sobreviven en los noticiarios y con capacidad de aceptar lisonjas de sus aplaudidores o pervertir el orden social aceptado. Entre ellos destacan dos supremacistas: Donald quien ha popularizado el baile del barbo, cimbreando los antebrazos con los puños cerrados y Netanyahu quien su cara transmite deshonestidad. El presidente de Israel fue el primer partícipe en invocar en nombre de dios en vano, cuando perorata sobre el pueblo elegido y es el portavoz principal de oposición a los derechos universales y a la justicia social; su lacayo Donald ha seguido su estela e incluso tiene el malogrado conversor a USA en la principal fuente de riesgo global en 2026 (Eurasia Group) para la paz mundial. Se compenetran, mientras uno vende el santo, el otro vende la religión.

Ambos tienen grandes similitudes como es estar sometidos a procesos judiciales en sus propios países, utilizar la fanfarronería como método de desgaste emocional y tener fantasías oníricas que patologizan las sociedades en las que están presentes. Todo ello les envalentona ante cualquier adversidad, la huida hace delante se manifiesta en el derecho de pernada y la precaución, cuando no el miedo, es el rector de sus relaciones internacionales.

En estos meses, que parecen años, ha habido muchos heridos incluso entre sus propios conciudadanos, con una polarización que, ojalá, algún día alcance el descanso eterno. Mientras, algún druida deberá usar una poción mágica que previa cocción en la marmita, fluya y sirva de antídoto contra el silencio internacional.

1. La codicia de los dirigentes se ha reconvertido en el alma mater de su política. Ya no se esconde ni tampoco se justifica; solo se asume por la comunidad internacional. Tratan su área de influencia como de su propiedad, el interés particular es el motor de los pactos. El egocentrismo, propio de cualquier político avispado con ínfulas, alcanza en ellos su máximo esplendor. La egolatría debiera considerarse un pecado capital que inhabilite para el cargo. Tanto el resort en Palestina como el petróleo en Venezuela son ejemplos fehacientes.

2. Los acuerdos son papel mojado. Israel ha bombardeado Palestina un sinfín de veces desde los Acuerdos de Paz. Tienen pánico a ser acusados de débiles, de poco hombres en una confusión de andrógenos con raciocinio. De asesinar con bombardeos han pasado a matar de hambre y matar de frío; la maldad unida al poder es terrible. Donald ni siquiera es amigo de sus amigos; sus socios intentar ahuyentar sus exabruptos, su lascivia; no basta con la condena y menos con el silencio, siempre el silencio. Son vengativos y han normalizado el odio, el odio con violencia. La reencarnación existe ya que es imposible tanta maldad en una sola vida (sic).

3. Las instituciones internacionales han quedado obsoletas por ninguneo. La ONU, el Tribunal Penal Internacional (TPI), la continuidad de los Acuerdos de París medioambientales y tantos y tantos otros. Ambos personajes, envalentonados, dinamitan el derecho internacional. A los susodichos no les vale la neutralidad, solo quieren sumisión con genuflexión, incluso con la cesión (de segundas) del Premio Nobel de la paz. El resto de líderes políticos, la presidenta de la CEE y el secretario general de la OTAN como ovejeros, mirando para otro lado, incluso dando el parabién; el instinto de supervivencia, ojalá no la ideología, domina a la educación. De justicia es reconocer las palabras de condena de la española vicepresidenta de la Comisión Europea.

4. La democracia pierde. El respeto al otro, la convivencia, la solidaridad queda acantonada en pequeñas islas casi/casi individuales. Y no solo ello; aspectos tales como la libertad y la seguridad quedan al albur de sus antojos, también en sus propias sociedades nacionales. Serán ellas mismas y sus conciudadanos quienes se levanten contra la desfachatez y actitud chulesca de sus gobernantes, la arrogancia de sus élites. La esperanza es un factor optimizador de voluntades. Pero hasta entonces, el matonismo ha embarrado el poder sustituyendo la ley por una autarquía en una distopia hobbesiana de moral hemipléjica.

Sí, hay otras visiones más sesudas, más analíticas, geoestratégicas o geopolíticas; pero, al final, antes o después habrá que plantarse, decir basta. Y habrá que hacerlo con voz firme, incluso con puñetazo en la mesa. Y, muy seguramente, comprobaremos que solo han sido ladridos de matón, muñecos de paja que el viento arrastra.

Nadie saldrá a despedirles cuando se les expulse del lodazal. Sabemos que mañana es otro día, pero las miserias humanas nos provocarán encerrarnos en sacristías con el riesgo de acostumbrarnos, mientras esperamos el rebuzno de los siguientes.