En los últimos años han aumentado los diagnósticos en la infancia, generando debate y preocupación. ¿Estamos frente a una sobreidentificación o ante una sociedad que comienza a comprender mejor la diversidad del desarrollo?

En consultas médicas, conversaciones escolares y redes sociales, una frase se repite con frecuencia: “Ahora todos los niños son TEA”. El aumento en los diagnósticos de autismo en la infancia ha despertado inquietud en algunas personas, quienes se preguntan si estamos frente a una moda o a un sobrediagnóstico. Sin embargo, la pregunta de fondo quizás no es por qué hoy vemos más autismo, sino por qué antes veíamos tan poco.

Durante años, muchos niños y niñas crecieron sin diagnóstico ni apoyos adecuados. Algunos eran descritos como tímidos, desafiantes, muy sensibles o problemáticos. Otros simplemente aprendieron a camuflar sus dificultades para adaptarse a entornos poco comprensivos. Hoy contamos con mayor formación profesional, mejores herramientas de evaluación y mayor acceso a información. También hemos ampliado nuestra comprensión del espectro, incluyendo perfiles que antes quedaban invisibilizados, especialmente en niñas.

Más diagnósticos no significa necesariamente más casos; puede significar mejor detección. El diagnóstico, lejos de ser una etiqueta limitante, puede transformarse en una herramienta de comprensión. Permite explicar ciertas experiencias, ajustar expectativas y, sobre todo, ofrecer apoyos oportunos. El problema no radica en identificar, sino en cómo interpretamos esa identificación. Si el objetivo de la intervención es normalizar conductas para que el niño encaje en un molde rígido, entonces sí estamos fallando. Pero si entendemos el diagnóstico como un punto de partida para favorecer participación, autonomía y bienestar, la perspectiva cambia profundamente.

La detección temprana cumple un rol fundamental. No se trata de alarmar a las familias, sino de acompañarlas. Intervenir a tiempo no implica cambiar la esencia del niño, sino adaptar el entorno, fortalecer habilidades y disminuir situaciones de estrés que pueden impactar su desarrollo. Cuando los apoyos llegan tarde, las consecuencias emocionales y académicas suelen ser mayores.

Quizás el verdadero desafío no es el aumento de diagnósticos, sino la capacidad de nuestra sociedad para responder de manera respetuosa e inclusiva. Más que preguntarnos si hay demasiado autismo, podríamos preguntarnos si estamos preparados para convivir con la diversidad del desarrollo sin patologizarla ni minimizarla.

Tal vez no estamos frente a una moda, sino frente a una generación que está aprendiendo a mirar distinto. Y ese cambio de mirada, más que una alarma, podría ser una oportunidad.

La autora es terapeuta ocupacional