En relación al texto “Monumentos incómodos y pedagogía antifascista”, publicado en este periódico y firmado por Ramón Contreras, nos gustaría hacer unas consideraciones, sin que antes no mostremos nuestra sorpresa al comprobar que el autor haya dado semejante “caída del caballo”, y donde ayer “decía diego, hoy dice digo”. Si antes un acendrado defensor del derribo, hoy, un aguerrido resignificador del monumento.
En primer lugar, nos ha sorprendido el intento de disfraza el texto de “rigor pedagógico”, lo que, en función de lo que conocemos sobre este asunto, suele ser, en la práctica, una forma de parálisis crítica hacia el poder o una falta de voluntad política por cambiar el status quo que se analiza. Apelar a esa excusa del rigor sirve, con frecuencia, para rechazar lo que no cuadra en nuestra mente procustiana.
En segundo lugar, observamos que el texto refleja ciertos aires de superioridad moral, desde cuyo púlpito se sostiene que conservar la basura monumental del totalitarismo es un acto de valentía cívica, cuando bien podría ser una forma refinada de masoquismo histórico.
Para llegar a estas conclusiones provisionales, nos hemos fijado en aquellos puntos ciegos de su argumentación y que pasamos a exponer.
1. El fetiche del “objeto didáctico”
El autor trata los monumentos fascistas como si fueran piezas de un laboratorio controlado por no se sabe qué figuras, puras y castas como los ángeles del paraíso, incontaminados y limpios de cualquier ideología. No sabemos si lo pretende, pero parece sugerir que una placa de bronce o un código QR con “contexto” tiene el poder mágico de “desactivar” una mole de granito diseñada, en tiempos pasados, para humillar.
La falacia en la que cae su autor es creer que el espectador es un académico racional o un estudiante salido de la Universidad de Cambridge. Olvida que un monumento no habla al intelecto, sino a las vísceras. Y recuérdese que el cerebro también es una víscera. Pero, sobre todo, no puede olvidarse este principio de psicología conductista que afecta a toda la ciudadanía: mientras el demócrata lee la “explicación crítica”, el nostálgico sigue yendo allí a poner coronas de flores.
Y desengáñense. El “marco crítico”, al que se acogen bajo el paraguas de una denominada “pedagogía antifascista”, no desactiva, ni anula el símbolo. Este siempre seguirá ahí, si no se derriba. El pretendido aparato crítico pedagógico lo que hace es darle un estatus de protección estatal bajo el pretexto de la memoria. No necesitamos ninguna memoria para odiar y condenar al fascismo, menos aún aquello que lo exalte.
2. La “incomodidad” como falsa virtud
El texto eleva la “incomodidad” a categoría de virtud cívica. Es un argumento profundamente burgués, elitista, de gente más que sabia, resabiada, y distante. Se puede decir de otra manera. Por ejemplo, es muy fácil pedir “convivir con la herencia sin edulcorarla” cuando no se es el descendiente de quienes están enterrados en las cunetas por orden de quienes levantaron ese monumento.
También en el texto encontramos una nota de cinismo. Es cuando el autor llama “higiene moral” al derribo, cuando, es, en realidad, un acto de justicia reparatoria. Para colmo, también, el autor se inclina por mantener el símbolo bajo el pretexto de la “lucidez”. ¿Lucidez? No la vemos por ningún lado. El lector puede intentar describir qué lucidez hay en obligar a la víctima a seguir viendo el puño del agresor en el espacio público, cuando incluso ahora, al puño se le ha colocado una etiqueta que dice: “Atención: esto es un puño”. Y como te muevas, te vas a acordar de verdad.
3. El mito del “vacío que no educa”
Dice Contreras que el derribo es “simbólicamente pobre”. Ya se dirá el porqué. Y, si no, que se lo digan a Oteiza. En realidad, tirar una estatua o derribar un monumento es un mensaje político contundente. Quienes actúan así, no son unos bárbaros. Lo que vienen a decir es que “este orden de valores ya no tiene lugar aquí”. Y no hay que inquietarse. Ese vacío que anuncia generado tras el derrumbe del mamotreto no se simultaneará con una creciente ola de victimismo. Además, el fascismo no necesita objetos para victimizarse; se victimiza por sistema. Y ello debido, en parte, a una legislación laxa con la que actúa la democracia contra él.
Y señalamos una contradicción importante en este discurso: si el objeto es una “prueba material del fascismo”, ¿acaso no hay suficientes libros, fotos y archivos? Y, ya de paso, ¿por qué se desperdiciaron tantos edificios del horror que existieron en Pamplona, pruebas relevantes y condenatorias de ese fascismo?
No necesitamos mantener la arquitectura del horror a escala 1:1 para recordar que existió dicho fascismo. Ni las tres guerras carlistas. Es como pedir que no se cure una herida para poder estudiar la infección eternamente.
4. La trampa de la “intervención crítica”
Es la trampa fundamental del planteamiento del que parten los conservacionistas: “invertir el sentido original del símbolo”. Esto es de una ingenuidad asombrosa. Intentar que un monumento totalitario sirva para la democracia es como intentar que una guillotina sirva de soporte para libros de ética. La psicología emocional muestra que la función original siempre termina devorando el nuevo uso.
Y, por fin, una frase para la galería. Se nos dice que “la memoria democrática no se construye eliminando rastros, sino organizando su lectura”. Dos cosas. Primera. Los monumentos no se leen; se interpretan. Segunda. La frase quedaría fetén en una conferencia de semiótica, pero en la calle pertenece al acerbo del conservadurismo estético. Organizar la interpretación de un símbolo de opresión sin quitarlo es, en última instancia, permitir que el opresor siga dominando el paisaje urbano, solo que ahora con un guía turístico al lado.
Concluimos que el texto de Contreras es un ejercicio de funambulismo retórico. Intenta convencernos de que la piqueta es un arma de los ignorantes, cuando a menudo es la única herramienta que tienen los pueblos para decir “basta”. Al final, la propuesta del autor resulta ser un antifascismo de museo: inofensivo, estático y “extrañamente enamorado” de las reliquias que dice aborrecer. Si no, ¿a qué tanto afán por conservarlas en pie?
Ateneo Basilio Lacort