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Tribuna

Crecer para competir

Crecer para competirRedacción Tudela

El tamaño empresarial es uno de los grandes debates económicos de nuestro país. No es algo estético ni estadístico, sino una cuestión de productividad, de salarios, innovación y capacidad de competir en un entorno global cada vez más exigente. Lo ha vuelto a señalar el reciente análisis del Banco de España, “El tamaño sí importa: el reto del crecimiento de las empresas españolas”. Nuestras empresas nacen con un tamaño similar al de las europeas, pero crecen menos y más lentamente.

En España más del 94% de las empresas tiene menos de diez trabajadores. Las microempresas concentran una proporción muy superior al promedio de la Unión Europea. Según los datos que analiza el citado informe, la productividad media de las empresas de mayor tamaño supera ampliamente a la de las pequeñas, con brechas que pueden situarse por encima del 30% o el 40% dependiendo del sector. No es casualidad: las empresas grandes exportan más, invierten más en I+D, acceden con mayor facilidad a financiación y resisten mejor las crisis.

El problema no es tanto la creación de empresas, donde España no presenta un diferencial dramático frente a sus socios europeos, sino la dificultad para que esas empresas escalen. El tránsito desde microempresa a pequeña, y de pequeña a mediana, es el auténtico cuello de botella. Las barreras regulatorias asociadas a determinados umbrales de empleo, los costes laborales no salariales, la fragmentación normativa o la limitada cultura de crecimiento empresarial actúan como frenos.

En esta misma línea, la Encuesta Empresarial Círculo 2025 del Círculo de Empresarios, en la que participa y presentó Institución Futuro, confirma este diagnóstico desde la percepción directa de quienes dirigen compañías. El 74,2% de los encuestados identifica las barreras administrativas y regulatorias como el principal obstáculo para ganar tamaño. Un 27,4% señala la falta de visión y ambición del liderazgo empresarial, y un 7,7% apunta a la competencia de otros grupos empresariales. 

Navarra no es ajena a este fenómeno. Nuestra comunidad presenta una estructura empresarial algo más robusta que la media nacional, con mayor peso relativo de empresas industriales y exportadoras, pero la base sigue siendo abrumadoramente de pequeña dimensión. Más del 90% del tejido empresarial navarro está compuesto por microempresas. En enero de 2025 solo contábamos con 479 empresas de más de 50 trabajadores, que representa un 1,2% del total, aunque concentran buena parte del empleo y del valor añadido. De nuevo, el tamaño se correlaciona con productividad, internacionalización y estabilidad.

El reducido tamaño empresarial limita la capacidad de Navarra y de España para consolidar campeones nacionales en sectores estratégicos. Por eso quedaba recogido como objetivo en nuestra estrategia S4: si aspiramos a reforzar nuestra autonomía industrial, a liderar nichos tecnológicos o a ganar peso en cadenas globales de valor, necesitamos empresas que crezcan, se fusionen, cooperen y se internacionalicen. 

Por todo ello, debemos poner el crecimiento empresarial como un objetivo todavía más explícito de nuestra política económica y empresarial. Eso exige actuar en varios frentes. En primer lugar, simplificar y homogeneizar la regulación en este ámbito, eliminando escalones normativos que ahora están penalizando el salto de tamaño. Los umbrales laborales y fiscales deberían revisarse para evitar efectos disuasorios. Pero no solo para que no limiten, sino para que promuevan proactivamente el crecimiento. Es imprescindible alinear la fiscalidad y la política laboral con el objetivo de ganar dimensión. Una presión fiscal competitiva, estabilidad normativa y seguridad jurídica son condiciones necesarias para que los empresarios asuman riesgos de expansión. En Navarra, donde contamos con competencias fiscales propias, este debate adquiere una relevancia especial. La política tributaria puede convertirse en palanca o en freno del crecimiento.

En segundo lugar, facilitar el acceso a financiación para proyectos de expansión, reforzando instrumentos de capital riesgo, mercados alternativos y colaboración público-privada orientada al escalado. Sodena tiene mucho que promover aquí.

En tercer lugar, fomentar una cultura empresarial orientada al crecimiento. Durante años hemos celebrado la creación de empresas, pero hemos prestado menos atención a su consolidación y crecimiento. Aquí, el papel de los clúster es muy importante, no sólo para el desarrollo de su sector sino para la complementariedad y el escalado mediante acuerdos y fusiones. La formación directiva y la incorporación de perfiles especializados pueden marcar también la diferencia.

Adquiere especial relevancia la figura de las llamadas “empresas gacela”: compañías jóvenes que registran crecimientos superiores al 20% anual durante varios ejercicios consecutivos. Aunque representan un porcentaje reducido del total, su impacto es relevante en creación de empleo, dinamismo e innovación. Navarra cuenta con ejemplos importantes en el ámbito tecnológico e industrial, pero su número –88 según COTEC en el año 2024– sigue siendo limitado en comparación con economías más dinámicas. Favorecer su aparición y, sobre todo, evitar que se estanquen prematuramente debería ser una prioridad.

El tamaño no lo es todo, pero importa. Para pagar mejores salarios, para invertir más en innovación, para resistir mejor las crisis y para competir en igualdad de condiciones en el mercado global. Si queremos una Navarra más próspera, debemos situar el crecimiento empresarial en el centro de la agenda económica. No se trata solo de tener más empresas, sino de tener empresas más fuertes, más productivas y más capaces de generar oportunidades sostenibles en el tiempo. Ese es uno de los grandes retos estructurales de nuestra economía. Y también una de nuestras mayores oportunidades.

El autor es presidente del think tank Institución Futuro