Allá por el 2003, con una incalificable y muy clara intencionalidad política, en los tiempos previos al sometimiento a aprobación de una Constitución para Europa, apareció en el mercado el libro del sociólogo y economista norteamericano Jeremy Rifkin, uno de los grandes gurús pronosticadores del futuro, titulado El sueño europeo. Cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano.
No voy a detenerme a aclarar por qué no me atrevo a calificar esa publicación más allá de entenderla como de “política interesada”. Simplemente diré que este tipo de escritos ponen en cuestión el rigor y la seriedad intelectual con que algunos investigadores abordan los temas en el ámbito de las ciencias sociales en general, y de las ciencias políticas en particular. Por cierto, “ciencia muy dada a utilizar los eufemismos en su jerga conceptual.
En el sueño europeo, el autor sostenía que la Unión Europea supone una construcción original. Y que esta singularidad obedecía al hecho de que no estaba construida sobre “un poder basado en la fuerza” (soft power) sino sobre un “poder basado en la persuasión” (hard power) para, a continuación, añadir que “en la actualidad (2003) es la primera institución de gobierno realmente posmoderna; la novedad de la Unión Europea consiste en ser la primera megainstitución de gobierno de toda la historia que nace de las cenizas de la derrota. Estamos ante la primera entidad política de la Historia cuya existencia no tiene otro objeto que “construir la paz”.
Para esos momentos, ya en la década de los 90, por ejemplo, en un rotativo mensual nada radical como Le Monde Diplomatique, se había venido dando cobertura a artículos de autores con experiencia, la mayor parte de ellos profesores de universidad, con títulos tales como: ¿Cómo salir del Liberalismo?; Por una Europa política, social y ecológica; Otra Europa es posible. Devolver el poder de decisión a los ciudadanos; Bruselas capital de los grupos de presión. Las instituciones europeas condicionadas; “Estados Unidos y la Nueva Europa; Una Europa menos europea… Por tanto, no puede decirse que no ha habido autores que supieron leer los síntomas de la enfermedad que la Unión Europea había engendrado desde su inicio y que, conforme pasaban los tiempos, resultaba ser cada vez más evidente. Fueron los menos.
Pero es notorio que ha sido una pléyade de autores seguida por una legión de difusores, quienes –algunos por convicción, otros porque era más cómodo ir a favor de la corriente–, se dedicaron a hacer abundante literatura cantando las excelencias de la Unión, y todos ellos a la vez, aprovechando el viento de cola, mirando hacia otra parte. A la cabeza de toda esa disciplinada tropa ha destacado Jeremy Rifkin. Tras la irrupción atilesca de Trump y la aparición de la sorprendente patética evidencia de lo que, en realidad, ha sido y es la Unión Europea, yo esperaba una rectificación o un simple “me equivoqué” por parte de Rifkin. Pero…, el autor norteamericano no ha rectificado y, a decir verdad, tampoco la generalidad de los que se situaron en su onda lo han hecho. También es cierto que algunos de ellos, sin ningún rubor, se han pasado de bando.
Quienes no nos hemos alineado con los coros laudatorios guiados por la ética de las convicciones o de los intereses y hemos apostado por la incomodidad de ejercer de analistas tratando de acercarnos a la honestidad intelectual –actuando contra la corriente general–, en la más pura versión de Max Weber en su obra El científico y el político, no hemos sentido la alegría de haber acertado en nuestro pronóstico sino la tristeza (hablo a título personal) de quien creyó que lo que sucede en la actualidad con la Unión era inevitable y ha ocurrido.
Lo cierto es que, como un boxeador sonado por el efecto de los uppercuts, jabs, ganchos… dispensados, en el transcurso de este poco más de un año del inicio de la segunda legislatura de Donald Trump como presidente los Estados Unidos, en forma de humillaciones, vejaciones, ofensas, insultos, desprecios, declaraciones de amor y desamor legitimadas en la escenificación de un auténtico estado de dependencia, la Unión Europea camina desnortada y sin alternativa de un lado para otro de ese ring en el que Trump ha convertido su imperio en construcción.
Creo que, a estas alturas, se conoce bien el pecado original en el que incurrió la Unión en el momento de su creación, y también sus consecuencias. Y no quiero cebarme con quienes, a sabiendas de que la creación de la Unión suponía abrazar un estado de dependencia indeleble, continuaron con su construcción, contando medias verdades, proyectando optimismo y repartiendo ayudas seductoras, en este caso económicas, a la manera de lo que se cuenta en el famoso cuento alemán de los hermanos Grimm. Esas ayudas se realizan ahora en forma de fondos estructurales, fondos de recuperación, fondos para rescates, fondos para rescate de bancos, NextGeneration post pandemia….
En pleno estado de shock, la Unión ha tratado de reorientar su rumbo en lo que al ámbito económico se refiere, y a hurtadillas para que los EEUU no se molestasen, de manera urgente ha llamado a las puertas de nuevos mercados como el de la India o China, o ha desempolvado algún otro viejo, olvidado durante décadas en la carpeta de los asuntos pendientes, como el latinoamericano de Mercosur. Conscientes de su mínima capacidad de maniobra por mor de la dependencia, en su afán por tapar las vergüenzas y temerosos de alguna posibilidad de respuesta interna, los líderes europeos, en una situación realmente límite, que pone en tela de juicio su respeto por la democracia, no han tenido la delicadeza de preguntar a sus respectivos pueblos: ¿ahora, qué podemos hacer?
Sin necesidad de profundizar en el recuerdo del papel de relieve bajo que la Unión ha venido jugando a través de su corta historia en los temas trascendentes de nivel mundial, es evidente que el récord de su inoperancia lo ha conseguido en la relación con la administración norteamericana presidida por Donad Trump, que le ha puesto el espejo frente a su propia cara. Dicho esto, creo que las cosas quedan muy claras con respecto al papel que, en el futuro, la Unión europea va a jugar dentro del nuevo orden mundial: el de ancilla Domini (sierva del Señor).
El reciente ataque y agresión conjunta de EEUU e Israel a Irán entra dentro de la lógica de construcción y consolidación imperial de los EEUU, y en nada se diferencia de las acciones que hasta ahora ha venido realizando. Según esta lógica, al margen de su valor como potencia petrolífera, Irán, en la racionalidad estadounidense no puede tener un valor estratégico. Este está reservado, en el oriente del imperio, a Israel. Y, por ello y para ello, el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, y presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, han exhortado (como si sus palabras tuvieran algún valor), de manera cínica y meliflua, a Irán/EEUU e Israel a ejercer “la máxima moderación en el enfrentamiento y a proteger a los civiles”, adoptando un posicionamiento claro del lado del agresor frente al agredido bajo el pretexto de que este último es un régimen asesino y que su Guardia Revolucionaria está en la lista europea de grupos terroristas legitimando como único derecho el poder de la fuerza.
Los grandes países de la Unión, ignorando su pertenencia al colectivo europeo a título particular y, según sus declaraciones, muestran estar, incluso, del lado de la coalición EEUU- Israel). ¿E intervenir si fuera preciso? ¡No faltaría más! No hay que desaprovechar la oportunidad de escenificar la dependencia y agradar al Señor para ser objeto de sus favores.
Después de todo esto, qué más se puede decir y esperar. ¿Qué otra Europa sea posible? Todo es posible, pero para ello hay que empezar de nuevo derribando de la mente del cliente/ciudadano el formidable muro del engaño. ¡Y vale la pena empezar de nuevo! Para ello hace falta preguntarse si las generaciones actuales estarán dispuestas.
El autor es catedrático emérito de la EHU y fundador del Instituto Internacional de Sociología Jurídica de Oñati