La Transición modélica, un mito que no se sostiene
Después de cuarenta años de dictadura, la Transición ha sido representada y explicada como el triunfo de la democracia. Unos líderes moderados e inteligentes, un pueblo maduro y responsable, la oportunidad de un cambio político, pero sin riesgos, ni aventuras: esta es la imagen repetida en documentales, libros y prensa, que hasta hace bien poco ha servido de pilar ideológico de la democracia española.
La Transición pasa de ser considerada la piedra fundacional de la actual democracia a valorarse como la etapa responsable de la impunidad del franquismo.
Un relato diseñado para cerrar el pasado
Tras la muerte de Franco, España no vivió una ruptura democrática sino una reforma negociada con el aparato franquista. El rey Juan Carlos I heredó todos los poderes del dictador y juró los Principios Fundamentales del Movimiento. En la práctica, Franco se perpetuaba en él. Quedo convertido así, en rey absolutista. (Todo quedaba atado y bien atado).
La arquitectura del Estado –judicatura, fuerzas de seguridad, ejército, administración– permaneció intacta. La oposición democrática, debilitada por décadas de represión, tuvo que negociar desde una posición de inferioridad evidente.
Para que esa reforma fuera aceptada socialmente, era imprescindible envolverla en un relato de éxito colectivo. Un relato que evitara preguntas incómodas: ¿quién asumió responsabilidades por los crímenes de la dictadura? ¿Por qué no hubo depuración institucional? ¿Quién marcó los límites del cambio?
La aprobación de la Ley de Amnistía de octubre de 1977, símbolo del fracaso de un proceso de cambio político que impidió depurar las estructuras del Estado franquista.
Una transición pacífica no es compatible con hechos como: Vitoria 1976, Montejurra 1976, Atocha 1977, los Sanfermines de 1978 y más de un centenar de muertos por violencia policial y ultraderechista entre 1975 y 1982. Tampoco, con la amenaza constante de golpe militar. La transición no fue modélica ni fue pacífica.
La violencia institucional fue silenciada, minimizada o presentada como episodios aislados. Pero no lo fueron. Formaban parte de un patrón: la violencia reaccionaria actuó como mecanismo de control, como generador de miedo, con objeto de amedrentar a la población, y como recordatorio de que el cambio tenía límites y de que esos límites los marcaban quienes aún conservaban el poder real.
A pesar de los avances historiográficos queda mucho por hacer para construir un relato público del pasado que sea a la vez crítico y esté históricamente fundamentado. Esto concierne también y sobre todo a la capacidad de influencia de los historiadores en ámbitos decisivos para la formación de una ciudadanía activa y crítica respecto a los relatos del pasado. Empezando por la escuela, tanto pública como privada, donde sigue dominando la representación mítica de la Transición.
A finales de los años setenta, España necesitaba integrarse en la Comunidad Económica Europea. La imagen de un país capaz de pasar de una dictadura a una democracia sin traumas era un falso activo diplomático de primer orden. A la CEE le importaba la estabilidad, no la justicia.
El mito de la Transición modélica fue, por tanto, una gran mentira
Durante años, cuestionar la Transición se consideró casi un sacrilegio. Se instaló la idea de que criticarla era poner en riesgo la democracia, como si la democracia fuera tan frágil que no pudiera soportar la verdad.
La búsqueda de una mentira que conviene a todos puede llevar a la creación de narrativas que no solo son inexactas, sino que también pueden dañar la integridad de la sociedad.
Ese mecanismo funcionó como un freno político: desactivó demandas de memoria histórica, deslegitimó a quienes pedían responsabilidades y blindó a las élites que habían gestionado el proceso.
La madurez democrática exige abandonar los mitos
Hoy, medio siglo después, España es lo suficientemente adulta como para mirar su historia sin complejos. Reconocer que la Transición no fue modélica implica asumir que la democracia española nació con limitaciones, renuncias y continuidades que aún hoy condicionan su funcionamiento. La legitimidad de la monarquía está en entredicho, nos fue impuesta fraudulentamente, envuelta en el articulado de la Constitución, y no será resuelta hasta que se celebre un plebiscito.
Una democracia sólida no necesita mitos fundacionales. Necesita verdad. Desmontar el mito no debilita la democracia. La fortalece.