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Tribunas

Ni pedagogía, ni referéndum: derribo

Ni pedagogía, ni referéndum: derriboPatxi Cascante

En su último artículo, nos preguntaba Contreras si acaso vamos a derribar las pirámides, porque las hicieron esclavos y, por tanto, símbolo de la esclavitud. Le contestamos: las pirámides de Egipto son restos arqueológicos de una cultura extinta cuyo marco político ha desaparecido. El Monumento a los Caídos carlista no es arqueología; es memoria viva y activa en un contexto donde los herederos ideológicos de los perpetradores siguen presentes. Es un desbarre equiparar Caídos y pirámides, porque el resultado no puede ser peor: musealizar el presente para desactivar la carga política del monumento.

En cuanto a “la pedagogía que no borra” y “la pedagogía tensionada”, le aclaramos de nuevo que, para nosotros, la pedagogía no pinta nada en este debate. La pedagogía ha sido la convidada de piedra del tripartito para justificar la permanencia resignificada del mamotreto. Opinamos que, históricamente, la pedagogía no ha resuelto ningún problema social ni político. Menos aún, si ella no lo ha creado. El sistema pedagógico lo único que ha hecho es sancionar lo que dice el poder político. Nuestro oponente dice que la pedagogía no consiste en borrar. Dígaselo a la pedagogía implantada por el franquismo a partir de 1939 en España.

En cuanto a su “pedagogía tensionada”, sabemos que está presente en la pedagogía latinoamericana, que busca la liberación del oprimido en medio de relaciones de poder desiguales y que su inspirador fue Paulo Freire, insigne pedagogo brasileño. Pero no vemos de qué modo tal pedagogía pueda articularse en un asunto del calado político del monumento.

Un debate pedagógico en torno al monumento es patafísica. Sacar tajada pedagógica de un monumento incómodo es la gran ilusión del tripartito. Pero lo que es incómodo, lo que molesta, y daña, para que deje de hacerlo es extirpar la causa que lo produce. Dar vueltas a los efectos del monumento, cuando el problema no son estos, sino la causa que los produce, es marear la perdiz. Y, en lugar de detenerse en el qué, nos marea con el cómo rentabilizar una entidad intrínsecamente nociva, y que lo es ab ovo.

No se precisa ninguna pedagogía, ni semántica analógica, sino una operación quirúrgica que corte de raíz el nudo gordiano, que no es otro que el monumento. Este no fue erigido para incomodar. La magnitud y estética de los Caídos fue para dominar el espacio público y aviso para navegantes díscolos. Y recordemos que durante todo el franquismo el Monumento a los Caídos pasó sin pena ni gloria. Sólo unos iluminados lo utilizaron para sus farras teocráticas. ¿A qué viene tanta defensa por sostenerlo en pie cuando ha sido un mamotreto olvidado por quienes, los carlistas, lo tuvieron como lugar de peregrinación? Es increíble. Los franquistas lo obviaron, y ¿tiene que ser una sociedad democrática la que lo reutilice para recordar lo malos que fueron quienes lo construyeron?

Causa extrañeza que se nos acuse de que “reducimos el debate a una solución posible, el derribo”. Pues claro. Pero eso es lo mismo que podríamos decir de Irauli, pero al bies. Pero, ¿por ello hay que afirmar que Basilio Lacort rechaza el debate? Era lo que faltaba por leer. Seguro que somos la asociación que durante años más artículos habrá publicado defendiendo desde el principio y sin variar el derribo del monumento con argumentos de toda naturaleza; nunca basados en la pedagogía del monumento, obviamente.

Por descontado que no sabemos de qué gatera dialéctica obtiene la afirmación de que desestimamos “la memoria y la justicia”. Menos lo entendemos aún, cuando, a continuación, se dice que “el derribo puede ser, en algunos casos, una decisión justa, pero convertirlo en dogma es otra cosa, es cerrar el debate antes de tiempo”. Pues qué bien, oiga. Nuestra posición es dogmática, pero defender el mantenimiento no lo es, sino gloria bendita democrática. ¿Esto qué es? ¿maniqueísmo pamplonés?

En cuanto a la tan traída y llevada memoria, recordamos al psicólogo-pedagogo, Piaget, cuando, al hablar del pensamiento formal, sostenía que la persona no necesita objetos presenciales para conocer y recordar ciertos hechos del pasado. Decir que derribar el monumento es borrar la historia es una simplada mayúscula. La historia no la borra ni Dios. Y si la olvidan los humanos será porque les importa un bledo. Si el poder político tiene responsabilidad en este olvido, que apechugue con ello. Y si ese conocimiento lo considera decisivo para que la ciudadanía se comporte de forma democrática, que imagine cómo activar dicha plataforma, que bastantes expertos tiene a su alrededor.

Los monumentos hablan, claro que sí, pero con el lenguaje del poder político de quienes los impusieron por las bravas. Y no dicen lo mismo a todo el mundo. Lo que significa que el lenguaje de la resignificación aplicado a los Caídos dirá lo que quieran sus resignificadores. Y no será a gusto de todos, desde luego. Motivo por el que con mayor razón la solución más rápida y la más barata consiste en derribar el monumento.

También se nos acusa de que mostramos “una desconfianza profunda en la capacidad de la sociedad para enfrentarse a su propio pasado sin necesidad de borrarlo”. ¿Profunda? ¿Y cómo se mide tal enormidad? ¿Y a qué nivel, individual o colectivo? Nosotros ni confiamos, ni desconfiamos en nada, ni en nadie. Tan sólo mantenemos la idea de que para recordar el pasado no se necesita más que poner en marcha la memoria, tengamos o no delante al tipo que asesinó al abuelo, al padre, ni al monumento que se erigió para alabar dicha épica del asco.

Y ya está bien de asegurar que las víctimas se rigen por motivos emocionales exclusivamente. ¿Habrá que deducir que los resignificadores representan la inteligencia en todo su esplendor, fríos como carámbanos? Si algo enseña la neurobiología es que el ser humano a la ahora de pensar y de sentir, el corazón no pinta nada. Quien lo hace es el cerebro, víscera del que se disparan nuestras pasiones.

En cuanto al proceso democrático tiene maldita gracia que se nos acuse de ser contrarios a la decisión de la sociedad. Respetamos la sociedad, pero lo que dice Basilio Lacort es que obligarla a hacer una consulta es una trampa saducea. ¿Someteríamos a referéndum si una calle debe llevar el nombre de un asesino si la mayoría de los vecinos así lo quiere porque esa es la costumbre?

Hasta el momento, lo único claro que ha quedado de este imposible debate es la intención política del tripartito, que ha consistido en evitar el conflicto directo con los sectores que aún se sienten representados por ese monumento. Y otra cosa: la pedagogía, se la trae al pairo. Si creen en ella, ¿por qué no han elaborado un currículo acorde con ello para insertarlo en el sistema educativo? Y, en fin, tanta importancia dada a la visibilidad, ¿para cuándo la erección de una escultura coral que recuerde a los asesinados tras el golpe en Navarra?

Firman este artículo: Víctor Moreno, Carolina Martínez, Clemente Bernad, Pablo Ibáñez, Orreaga Oskotz, Laura Pérez Ruano, Fernando Mikelarena, Carlos Martínez, José Ramón Urtasun y Txema Aranaz Del Ateneo Basilio Lacort