Síguenos en redes sociales:

Lo que hay detrás del absentismo

Lo que hay detrás del absentismoFreepik

Hablar de absentismo laboral se ha convertido, en los últimos tiempos, en una constante dentro del discurso empresarial, un relato que se ha extendido a otros ámbitos y que ha generado un clima de opinión, como poco, tendencioso. Una narrativa que presenta este fenómeno como uno de los grandes problemas de nuestro mercado de trabajo, como una supuesta amenaza a la productividad y, en ocasiones, incluso como una falta de compromiso de las personas trabajadoras. Sin embargo, este planteamiento no aborda cuáles son los problemas que derivan en el supuesto absentismo y parte de una premisa profundamente equivocada: considerar como absentismo circunstancias que no lo son.

Desde una perspectiva sindical, y especialmente desde la responsabilidad que asumimos en UGT Navarra, debemos comenzar por poner orden en los conceptos. No todo lo que implica una ausencia del puesto de trabajo es absentismo. Equiparar situaciones como una incapacidad temporal con una baja médica, un permiso por maternidad o paternidad, o utilizar días de libre disposición o por el fallecimiento de un familiar en primer grado, con el absentismo es, sencillamente, inaceptable. No solo es injusto, sino que además desvirtúa el debate y genera una narrativa que culpabiliza a quienes ejercen derechos fundamentales. Es más, es engañar a la opinión pública, manipulando y tergiversando la realidad.

El absentismo, en sentido estricto, es la ausencia injustificada del trabajo. Es decir, aquella situación en la que una persona no acude a su puesto sin causa legítima ni cobertura legal. Todo lo demás forma parte de los derechos laborales conquistados a lo largo de décadas de lucha sindical y social. Confundir estos planos no es inocente: responde a una estrategia que busca recortar derechos y trasladar la responsabilidad de problemas estructurales a las personas trabajadoras.

Resulta especialmente preocupante que se incluya dentro de las cifras de absentismo a quienes se encuentran de baja médica. ¿De verdad queremos instalar la idea de que una persona enferma está cometiendo una falta? ¿Se pretende que los trabajadores acudan enfermos a sus puestos, poniendo en riesgo su salud y la de sus compañeros? Este tipo de discursos no solo son irresponsables, sino que también van en contra del sentido común y de la salud pública.

Del mismo modo, considerar el permiso de maternidad como absentismo es un retroceso intolerable. La protección de la maternidad no es un privilegio, es un derecho fundamental que garantiza la igualdad y la cohesión social. Señalar a las mujeres por ejercer este derecho no solo perpetúa desigualdades, sino que lanza un mensaje profundamente regresivo.

A esta narrativa interesada se suma, además, un señalamiento injusto hacia los profesionales de la atención primaria, proyectando una imagen profundamente distorsionada de su labor. Se está insinuando que los médicos y médicas conceden bajas de manera arbitraria, casi como si se tratara de decisiones caprichosas o carentes de rigor. Nada más lejos de la realidad. Los profesionales sanitarios actúan bajo criterios clínicos, éticos y legales muy exigentes, y su compromiso con la salud de los pacientes está fuera de toda duda. Cuestionar su profesionalidad no solo es una falta de respeto, sino que también contribuye a deteriorar la confianza en el sistema público de salud. Convertir a estos profesionales en sospechosos habituales forma parte de una estrategia que busca desacreditar cualquier situación de incapacidad temporal, como si detrás de cada baja hubiera un abuso, cuando lo cierto es que detrás hay, en la inmensa mayoría de los casos, una necesidad médica real.

Por otro lado, si queremos hablar con honestidad, debemos poner el foco en los problemas estructurales que arrastra nuestro sistema sanitario público. Las largas listas de espera son una realidad incontestable, y comienzan ya en la propia atención primaria, donde en muchas ocasiones obtener una cita puede demorarse varios días. Esta situación se agrava aún más en el acceso a la atención especializada y a las pruebas diagnósticas, donde los plazos se alargan de manera preocupante. Y se vuelve especialmente crítica en el caso de las intervenciones quirúrgicas programadas, con esperas que pueden resultar desesperantes, así como en los procesos de rehabilitación, donde los retrasos llegan a ser completamente ilógicos. Todo ello no solo dificulta una recuperación ágil y una reincorporación rápida al puesto de trabajo, sino que, lo que es más grave, puede generar riesgos evidentes para la salud de las personas afectadas. Pretender vincular estas demoras con el absentismo es, nuevamente, desviar el problema: no es que las personas no quieran trabajar, es que el sistema no siempre les permite recuperarse en los tiempos adecuados.

En este contexto, algunas propuestas planteadas desde el ámbito empresarial, como habilitar a los médicos de las mutuas para dar altas y bajas médicas, no constituyen la solución, sino un riesgo añadido. La gestión de las incapacidades temporales debe seguir en manos de los médicos de atención primaria del sistema público, que son quienes tienen una visión integral del paciente, de su historial clínico y de sus condiciones de salud a largo plazo. Introducir a las mutuas en esta función abriría la puerta a conflictos de interés evidentes, ya que su papel está vinculado a la gestión de costes y contingencias profesionales. Sin embargo, sí consideramos positivo que los recursos de las mutuas, especialmente en materia de rehabilitación, puedan ponerse al servicio del sistema público para reducir listas de espera y acelerar los procesos de recuperación. Se trata de sumar capacidades sin poner en cuestión las garantías médicas ni los derechos de las personas trabajadoras. La prioridad debe ser siempre la salud, no la reducción estadística de las bajas.

Las verdaderas razones para el debate

Pero más allá de la manipulación conceptual y de las acusaciones veladas y tendenciosas, conviene analizar qué hay detrás de este interés por situar el absentismo en el centro del debate. En muchos casos, lo que se pretende es evitar hablar de las verdaderas causas que afectan al funcionamiento de las empresas y al bienestar de las personas trabajadoras. Porque si queremos abordar el problema con rigor, debemos mirar hacia otros factores.

Un elemento clave es la organización del trabajo. Jornadas excesivas, ritmos de producción intensivos, falta de conciliación y entornos laborales poco saludables inciden directamente en el bienestar físico y mental de las personas. En este contexto, las bajas médicas no son un problema en sí mismas, sino un síntoma de condiciones laborales que deben ser revisadas.

También es necesario hablar de la prevención de riesgos laborales. Muchas empresas siguen sin invertir lo suficiente en garantizar entornos de trabajo seguros. Las enfermedades profesionales y los accidentes laborales no pueden ser invisibilizados bajo la etiqueta de absentismo. Son responsabilidades empresariales que deben ser asumidas y corregidas.

Otro de esos factores es la calidad del empleo. La precariedad laboral, la temporalidad, los bajos salarios y la falta de estabilidad generan desafección y desmotivación. Cuando una persona siente que su trabajo no le permite vivir dignamente, que no tiene perspectivas de futuro o que su esfuerzo no se ve reconocido, es más probable que se produzcan situaciones de desconexión con la empresa que lleven al trabajador a un cumplimiento estricto de sus deberes y de sus derechos, sin ceder un ápice a la empresa.

Frente a los enfoques simplistas y culpabilizadores, desde el sindicalismo defendemos una visión más justa y equilibrada. No negamos que puedan existir casos de absentismo injustificado, pero estos son minoritarios y deben abordarse con herramientas adecuadas, sin generalizaciones ni estigmatizaciones.

Lo que no podemos aceptar es que se utilice este argumento para cuestionar derechos, endurecer las condiciones laborales o debilitar la negociación colectiva. Porque, en última instancia, de eso es de lo que estamos hablando: de un intento de desequilibrar las relaciones laborales en detrimento de las personas trabajadoras.

El debate sobre el absentismo debería servir, en cambio, para abrir una reflexión más amplia sobre cómo mejorar nuestro modelo productivo. Apostar por empleo de calidad, reforzar la prevención, fomentar la conciliación y garantizar salarios dignos no solo es justo, sino que también contribuye a empresas más eficientes y sostenibles.

Desde UGT, nuestra obligación es clara: defender a las personas trabajadoras frente a discursos que pretenden culpabilizarlas y seguir trabajando por un mercado laboral más justo, más equilibrado y más humano.