Este tiempo que nos está tocando vivir, además de incierto, cambiante, líquido e inestable, es un tiempo que te atarea en diversas responsabilidades teniéndote totalmente entretenido y ocupado prácticamente de sol a sol.

El día da para lo que da. Si dormimos unas 7 horas de media, el prepararte para ir a trabajar, ir, volver y asearte, cuesta en un trabajo más o menos cercano unas 2 horas. Si se trabaja 8 horas, si se gasta en comer, cenar, preparar la comida, recoger y limpiar una media de 2,5 horas, te queda al día de momento 4,5 horas. A este tiempo le tienes que quitar la limpieza diaria de la casa, de la ropa y con la compra de víveres te quedan con suerte 2,5 horas que nunca son seguidas, sino divididas entre otros menesteres. Si se tiene responsabilidades familiares de hijos/as o de gente mayor a tu cargo, entonces ya no quedan horas para ti. El día pasa y no has podido hacer aquello que te gusta, te libera, te llena y/o te da proyección social. Un día así es agotador, se acaba rendida, sin fuerzas.

De lunes a viernes (para la mayoría de la gente) esta es su vida, vivir para subsistir. Te comen las obligaciones y los quehaceres diarios. Entre semana, lo que sufre, lo que se desestima, son las relaciones personales y sociales. En cuanto a las relaciones personales con tu pareja, el día a día no te da tiempo muchas veces ni para hablar, para comentar lo que te pasa, tus inquietudes. Y si lo haces, generalmente es con prisas y distracciones. La relación personal con tu pareja entre semana se enfría o se tiene la sensación de estar congelada a la espera de tener un poco de tiempo para ambas, se ansía el fin de semana para estar.

Por otro lado, entre semana tampoco da tiempo a estar con amigos, con amigas. Tienes la necesidad imperiosa de hablar de tus cosas, de tus pasiones, de reír, de salir y que te dé el aire, de desfogarte de tanta tensión, de hacer algo de ejercicio. También quedan congeladas las relaciones sociales y el tiempo de cuidarse.

Pero el fin de semana también da para lo que da. Con suerte son dos tardes, la del viernes y la del sábado. Las mañanas del sábado, si no trabajas o si no tienes actividades lúdico-deportivas con tus descendientes, tienes la compra gorda, hay que hacer la comida, repaso de limpieza...

El domingo es parecido, pero algo tiene la tarde del domingo que te atrapa en el sofá, el fútbol, la película, etcétera. Así, nos queda la tarde del viernes y la del sábado. Has trabajado duro, hasta seguro que te has comido sobrecargas laborales y tensiones ajenas. Necesitas esa salida en compañía, ese colega que te hace reír o que habla de lo que más te evade. El sábado, si no alargas la siesta o vuelves a quedar con los amigos, con suerte hay plan para quedar a cenar en parejas.

Hasta ahora no ha habido momentos de soledad personal, ni de soledad en pareja. No hay momentos de calma sin distracciones, sin gente al lado para poder hablar de lo más íntimo con la persona que dices amar, con la que vives, pero que casi no convives. Y así, semana tras semana. Esto se vuelve rutinario, y como tenemos la capacidad de adaptarnos a casi todo, lo hacemos nuestro, lo normalizamos y pensamos que las relaciones de pareja son así. Entonces decimos que el amor se apaga tras el primer enamoramiento, que la pasión es un recuerdo, y que el contacto físico es tan esporádico como la luna llena.

Resulta curioso cómo somos tan atentos, concentrados y responsables con nuestro trabajo y, sin embargo, lo que verdaderamente importa, como es nuestra vida íntima, somos la mayor de las veces un desastre, unos dejados y nos abandonamos enseguida en vanas distracciones. El escritor Antonio Muñoz Molina lo expresa muy bien “Hay que poner en la vida cotidiana, en la relación de pareja, la misma atención y el mismo cuidado que pones en tu trabajo. Lo cotidiano lo incluye todo, desde cómo está tu casa y cómo cuidas hasta cómo te relacionas con las personas que tienes cerca o a las que quieres”.

Si nos paramos un poco a mirar, a observar nuestra relación, nuestra actitud, veremos que tanto los acercamientos como los distanciamientos son producto de nuestra acción o de nuestra inacción. Cada cual en la relación va buscando su lugar, sus escapes, sus entretenimientos, sus intimidades, y si no es con la persona que convives, será con otra persona, sea hermano/a, amigo/a o compañero/a de trabajo. Alguien siempre va a cubrir el hueco, el vacío que dejamos. Si no nos esforzamos por mantener activas, intensas, nuestras relaciones personales, estas se irán distanciando poco a poco, sin apenas darnos cuenta, hasta que una de las partes diga “me voy, no quiero estar más a tu lado”. Y entonces vendrán las sorpresas, los llantos, los gritos, la autoculpabilidad y la depresión. La vida es clara, si tú no decides, ella decidirá por ti.

Hay que buscarse para encontrarse, hay que saber qué gusta hacer juntos (andar, salir a comer fuera, ir al cine…) y hacerlo, hay que darse ese tiempo en común solo para los dos, porque es tan necesario y vital como el dormir. Como dice la psiquiatra Marian Rojas Estapé, para que una relación de pareja funcione “hacen falta dos características, que haya atracción y que haya admiración. A su vez, tenemos que trabajar aspectos como las habilidades de comunicación, sensibilidad, empatía, respeto, el cuidado de los detalles, la paciencia y el perdón”. Y así mismo, está demostrado que quienes envejecen felices y con salud, son aquellas personas que tienen fortalecidas las relaciones con los amigos/as, la familia, la comunidad y la pareja.

Hay que esforzarse por convivir, porque nos va en ello la salud y la felicidad.