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Tribunas

Lenguaje de apariencia inclusiva

Lenguaje de apariencia inclusivaFreepik

Últimamente hay algo que llama la atención en determinados discursos institucionales y educativos: cuando se abordan cuestiones que afectan de forma clara y específica a las mujeres, la palabra mujer desaparece. En su lugar aparecen otras: cuerpos, personas, personas que habitan cuerpos, incluso expresiones como acuerpar. Un lenguaje que, bajo apariencia inclusiva, tiene un efecto muy concreto: diluir el sujeto.

Las feministas llevan tiempo señalando este desplazamiento. Es esencial nombrar con precisión para poder pensar políticamente, ante la tendencia de ciertos discursos contemporáneos que desdibujan las categorías necesarias para analizar la desigualdad.

No es un debate menor. Nombrar no es solo describir: es hacer visible. Con esta idea en mente, asistí a las jornadas organizadas por Skolagun, del Departamento de Educación, bajo el título “Presión estética: del modelo corporal deseado (por el sistema) a la violencia (auto)ejercida”. Se trata, además, de uno de los temas que más me preocupan actualmente (junto con el de la violencia sexual) porque lo observo cada día en el aula, en la forma en que las chicas hablan de su físico, se miran y se evalúan y cómo esto impacta en su autoestima. Durante la mañana del sábado se abordaron cuestiones como el malestar corporal, las redes sociales, la salud mental o la importancia del contexto. Sin embargo, hubo una ausencia incomprensible por ser fundamental: en ningún momento se introdujo la variable sexo como eje de análisis de este problema. En su lugar, se habló de personas, cuerpos, y personas que habitan cuerpos.

El problema es que la presión estética no afecta a personas en abstracto. Tiene un sujeto claro: las niñas y las mujeres. Son ellas quienes crecen bajo un mandato constante de vigilancia, corrección y exposición de sus cuerpos. Son ellas quienes interiorizan desde edades muy tempranas que su valor está ligado a su apariencia y a la atracción sexual.

A lo largo de la jornada se insistió en la importancia del contexto. Pero ese contexto quedó sin definir. No se habló de patriarcado. No se habló del capitalismo y su negocio exponencial a costa de niñas y mujeres. En cambio, se ofrecieron aproximaciones parciales. Hubo una ponencia centrada en el fenómeno gymbro, analizando prácticas masculinas vinculadas al culto al cuerpo, y otra sobre gordofobia presentada como un sistema de opresión generalizado.

Aquí conviene introducir una distinción clave. Tal y como plantea Ana Pollán, no toda desigualdad puede analizarse en los mismos términos, y por eso es imprescindible diferenciar con rigor entre discriminación y opresión. La discriminación hace referencia a tratos desiguales o injustos que pueden darse en contextos concretos, como resultado de prejuicios o circunstancias específicas. La opresión, sin embargo, es un fenómeno estructural: un sistema de poder que organiza la sociedad en torno a jerarquías estables y que impone al grupo oprimido normas, roles y condiciones que atraviesan todos los ámbitos de la vida.

Hay, además, otro elemento que no se abordó y que resulta especialmente relevante. En los últimos años, las investigadoras feministas en todo el mundo, y también en España, están señalando un fenómeno que merece atención: el aumento de niñas y adolescentes que solicitan transiciones de género.

Este patrón no es ajeno a nuestro entorno más cercano. En Navarra, los propios datos institucionales apuntan en la misma dirección: el informe de Transbide recoge un incremento de las transiciones en edades cada vez más tempranas, con un predominio claro de chicas en la preadolescencia y adolescencia, que representan en torno al 60% de los casos en esas franjas de edad. En Cataluña, los análisis realizados a partir de los datos del servicio Trànsit ya detectaron con anterioridad un aumento del 5.700% en solo cinco años de niñas y adolescentes en los casos atendidos entre los grupos de edad más jóvenes.

Lejos de ofrecer explicaciones simplistas, estos datos invitan a situar el fenómeno en su contexto. Un contexto marcado por una presión estética creciente, una sexualización cada vez más temprana y un aumento de la violencia sexual. Preguntarse por estas condiciones no implica negar la complejidad de las trayectorias individuales, sino precisamente abordarlas con mayor rigor.

A nivel internacional, revisiones independientes como el Informe Cass Review (2024) han puesto el foco en otro aspecto clave: la complejidad de los perfiles de los menores que solicitan iniciar estos procesos. Lejos de tratarse de trayectorias homogéneas, muchos de estos casos presentan antecedentes de malestar psicológico, situaciones de vulnerabilidad o contextos psicosociales que requieren un análisis cuidadoso.

Ante este escenario, las preguntas que nos formulamos las docentes feministas son inevitables: ¿Por qué tantas niñas no quieren ser mujeres? ¿Qué les está pasando? ¿Qué papel juega el malestar con el propio cuerpo en este fenómeno?

Sin embargo, estas preguntas no aparecieron en las jornadas. Y no aparecieron porque, en gran medida, no se está nombrando el problema en sus propios términos.

No se trata de cuestionar a las y los ponentes, ni el esfuerzo por abordar una realidad compleja. Se trata de señalar los límites de un marco que, al evitar nombrar a las mujeres, al diluir las categorías y al prescindir de herramientas teóricas rigurosas, corre el riesgo de quedarse en la superficie.

La autora es integrante de Docentes Feministas para la Coeducación