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Reflexiones en voz alta: lehendakari Garaikoetxea

Reflexiones en voz alta: lehendakari GaraikoetxeaArchivo/Ezcurdia

Así, en mayúsculas se incorpora Calos Garaikoetxea a la historia de Euskal Herria, el pueblo vasco al que ha dedicado lo mejor de sí mismo que ha sido mucho.

Su enorme aportación se irá desgranando conforme se analice su trayectoria y seguro que merecerá un reconocimiento su tarea de conjugar la dignificación de la política con la eficacia de adoptar decisiones y medidas para reconstruir un país que la cruenta dictadura y sus consecuencias, con la presencia de una represión y violencia injustas y aterradoras y un empobrecimiento económico que únicamente el carácter emprendedor de sus gentes ha evitado irreversiblemente ruinoso, habían castigado.

Carlos Garaikoetxea ha trabajado para elevar el euskera al rango reconocido de lengua nacional y la cultura al protagonismo que permite a las sociedades adquirir una personalidad propia y singular en el conjunto de los pueblos. Y ha sabido primar la recuperación de instituciones e instrumentos para devolver la esperanza a una economía que los necesitaba para reconocer el esfuerzo de un pueblo trabajador e incansable en crear riqueza solidaria personal y colectiva.

Por eso, la condición de lehendakari no se refiere únicamente al cargo sino a su liderazgo social y político que ha sido tan reconocido como combatido desde la rivalidad, la envidia y el poder.

Parece sencillo que hoy en día existan tantas instituciones, organismos, infraestructuras y servicios pero si se analiza lo que había en 1980 y los medios con los que se contaba para su realización, se podrá valorar la iniciativa, creatividad, responsabilidad y acierto en ponerlas en marcha. Desde constituir un equipo tan solvente para echar a andar hasta recorrer un camino lleno de dificultades de todo tipo para hacer realidad las aspiraciones y necesidades de todo un pueblo, Carlos Garaikoetxea se hará acreedor a un lugar preeminente en la historia reciente de Euskal Herria.

Y en un ambiente en el que la política aparece vituperada y las formas despojadas de toda dignidad y respeto, en el que el insulto y la descalificación están a la orden del día, es esperanzador encontrar quién sabe contrarrestarlas desde la firmeza de las convicciones pero con el respeto al adversario, la práctica del debate ideológico, la responsabilidad institucional y la dignidad de saber dejar un cargo relevante cuando te encuentras con la imposibilidad de ejercerlo de acuerdo con tus convicciones. No suele prodigarse la dimisión en política pero el ejemplo de honestidad que dio Carlos cuando desde su propio partido se puso la proa a su visión nacional del país, convierte su renuncia en un modelo de institución democrática.

No soy quien para pensar que me corresponda protagonizar la glosa de su figura, pero confieso mi cariño, admiración y respeto a su persona, a su trayectoria y a sus convicciones. He tenido el honor y la fortuna de compartir y aprender de él en muchos momentos y acontecimientos. Creo que es un político ejemplar, un referente de los que ya no quedan, de esos que añoras cuando enciendes la tele, lees la prensa o escuchas la radio. De los que dignifican la profesión, por su categoría política y personal. Y los que te dan esperanza desmintiendo la tan conocida y utilizada frase populista “todos los políticos son iguales”. Porque no, no lo son y hay quienes dejan un legado imborrable e inolvidable. 

Un gran modelo a copiar de un político demócrata, nacionalista vasco, abertzale y persona comprometida con la historia el presente y el futuro de Euskadi también desde, por y para Navarra. Y que debería ser estudiado para posibilitar una adecuada formación social y política de futuras generaciones y promovida su figura entre las que hoy aspiran a protagonizar las instituciones.

Y reclamo que su nombre y méritos son acreedores a enriquecer el callejero de la Pamplona-Iruña en la que nació y ha vivido, dedicándole un espacio, calle, plaza, edificio institucional o social que perpetúen su ejemplo y su memoria.