Parece que hay bastante coincidencia en que la IA será la gran revolución tecnológica del siglo XXI. Una revolución que afectará prácticamente a todos los ámbitos de nuestra vida, desde el laboral al ocio, pasando por la salud, la enseñanza y la formación, el medio ambiente y el transporte. En definitiva, será, según sus mayores defensores, algo sin precedentes en la historia de la humanidad.
Sin negar el enorme potencial de la IA, a menudo que uno profundiza en el conocimiento de la misma y su progreso actual, por ejemplo, en el consumo de energía, agua y materiales, y en los resultados de las grandes empresas, surgen serias dudas sobre los verdaderos beneficios de la IA.
Por un parte, está la propia viabilidad financiera de las propias empresas de IA. Así, y tomando como referencia una de las más relevantes, Open IA, se apunta a que las inversiones iniciales se cifran en cientos de miles de millones de dólares. Algo sin precedentes, pero de tremendo riesgo si tenemos en cuenta que se dice que no alcanzarán la rentabilidad hasta al menos 2029, proyectando pérdidas acumuladas de decenas de miles de millones de dólares antes de generar flujos de caja positivos. Si las necesidades financieras son tan elevadas parece normal que surjan dudas como, por ejemplo, ¿quién está en condiciones de cubrirlas? Al parecer, entre los principales inversores se encuentran los bancos en sombra, que incluye fondos de inversión, aseguradoras y firmas de capital riesgo, mayormente especulativas, que escapan al control de las entidades reguladoras. De ser cierto, existen razones suficientes para temer que podamos estar delante de una nueva burbuja.
No menos interrogantes levantan los consumos de energía, agua y materiales. En concreto, el consumo de energía es una cantidad gigantesca. HSBC, una de las mayores organizaciones de servicios bancarios y financieros del mundo, y que opera en España desde 1981, calcula que la demanda de energía eléctrica por parte de Open IA de aquí al año 2030 será de 36 gigavatios (miles de millones de vatios), que es una auténtica barbaridad.
El desafío medioambiental a nivel global se desglosa en tres factores clave. Emisiones de carbono: Si la red eléctrica local no está descarbonizada, el funcionamiento de modelos de inteligencia artificial incrementa el uso de combustibles fósiles. Huella hídrica: Los cientos de miles de servidores que operan de manera continua generan un calor extremo, lo que obliga a utilizar millones de litros de agua para la refrigeración de las instalaciones. Y, saturación de la red y precios: El rápido crecimiento de la IA ha elevado las alertas de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Agencia Internacional de la Energía (AIE), quienes han documentado picos en los precios de la electricidad y tensiones severas en la infraestructura energética.
El consumo de agua de la IA se produce principalmente en los centros de datos encargados de procesar la información. Se estima que generar un texto de 100 palabras consume medio litro de agua, y una imagen, hasta 5 litros. El consumo anual total del sector supera los cientos de miles de millones de litros.
¿Qué precio paga el planeta por cada palabra generada por la Inteligencia Artificial? Este es el interrogante que surge al desvelar las cifras alarmantes de recursos necesarios para mantener en funcionamiento los modelos avanzados de inteligencia artificial como ChatGPT. Detrás de cada interacción aparentemente trivial con un chatbot, se esconde un sistema complejo y voraz, cuya operación deja una marca significativa en el medio ambiente.
Desde su lanzamiento en 2022, ChatGPT ha sido utilizado por aproximadamente el 25% de los estadounidenses, según cifras del Pew Research Center. Sin embargo, estas interacciones cotidianas vienen acompañadas de un consumo desproporcionado de agua y electricidad, generando preguntas cruciales sobre su sostenibilidad.
El consumo de chips no es menos significativo. En la fabricación de los microchips informáticos diseñados para gestionar las tareas de la IA se utiliza silicio, grafito, cubre, tierras raras, litio, cobalto, níquel, etcétera. Un montón de minerales críticos y de metales de tierras raras que, como es bien sabido, no abundan, pero que estos chips consumen en cantidades exorbitantes. ¿Cómo se van a cubrir estas necesidades? ¿Cómo se va a satisfacer una demanda que se prevé que crezca exponencialmente? Un informe de la AIE señala que la demanda de minerales críticos podría crecer entre un 300% y un 500% para 2040.
No cabe duda de lo que podría ocurrir con las nuevas herramientas de la IA como el modelo desarrollado por Antropic, llamado Mythos Preview, si “cae en manos equivocadas”. Nos encontramos ante un modelo que por su gran potencia despierta mucha preocupación, mucha más cuando la propia compañía propietaria llega a afirmar que “las capacidades de este sistema son tan avanzadas que, en el caso de caer en manos de agentes malintencionados, podrían representar una grave amenaza para la economía, la seguridad pública y la seguridad nacional”. ¿Cómo se va a evitar que caiga en “las manos equivocadas”?
Estas son algunas cuestiones que nos plantea el desarrollo actual de la IA. Diversos expertos y organismos afirman que el problema nunca fue la tecnología, pero, según un informe de Universitat Oberta de Catalunya, “su implementación responde a dinámicas de poder. Los beneficios se los apropian principalmente las grandes corporaciones y plataformas que centralizan datos y mercados, mientras que los costes sociales, medioambientales y de adaptación son absorbidos de forma equilibradas por los trabajadores, los usuarios y el sector público”.
El autor es presidente de Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente