Como maestra interina llena de vocación, ilusión y entrega, empiezo a sentir el peso de un sistema que lentamente carcome y desgasta. Escribo desde el agotamiento emocional y físico que últimamente a tantas maestras nos caracteriza.
Las aulas de nuestros colegios han cambiado mucho en estos últimos años. Nos encontramos con situaciones emocionales, sociales y personales cada vez más complejas, sin que ello siempre esté acompañado de los recursos necesarios para atender de manera adecuada. Durante nuestra jornada laboral pasamos de ser maestras a ser psicólogas infantiles y familiares, mediadoras, apaciguadoras, trabajadoras sociales y, en muchas ocasiones, la única referencia estable para muchos de nuestros alumnos y alumnas. Por supuesto, todo ello en condiciones que rara vez nos permite ejercer adecuadamente ninguna de las funciones anteriormente mencionadas.
Y no solo es frustrante lo que sucede dentro del aula, también lo es la constante incertidumbre laboral que vivimos fuera de ella a causa del actual sistema de oposiciones en Navarra, que hace de nuestra profesión una carrera de fondo llena de frustración, sentimiento de insuficiencia e inestabilidad. Cada dos años volvemos al ruedo, a jugarnos nuestros puestos de trabajo mediante un proceso emocionalmente abrumador que, lejos de valorar nuestra labor diaria y nuestras aptitudes, califica de manera totalmente subjetiva un temario que nadie nos proporciona.
La constante preparación de un proceso de oposición de tres diferentes pruebas, cada cual más meticulosa que la anterior, compaginado con un contexto educativo cada vez más exigente supone un desgaste difícil de explicar a quien nunca lo ha vivido. Y no hablo solamente de las largas horas de estudio, hablo de renunciar a tu vida personal, a tus responsabilidades como familiar, pareja, madre, hija, amiga, militante, voluntaria, vecina implicada en una comunidad… de dejar en pausa todo aquello que también forma parte de ti como persona para adoptar una sola versión válida: la que rinde, la que sacrifica, la que demuestra. Hablo de ese coste silencioso que además de no verse reflejado en los resultados, pesa en lo cotidiano, en las ausencias, en los vínculos que se tensan y en las partes de tu vida que quedan en espera. Y todo ello, repito, cada dos años, sin garantías reales de poder continuar ejerciendo, independientemente de tu desempeño en el aula hasta ahora.
¿Cómo pretendemos construir una educación pública de calidad cimentada en la incertidumbre? ¿Cómo se acompaña a un alumnado diverso y con infinidad de necesidades, si quienes cuidan y educan viven en constante tensión laboral?
Muchas de nosotras sentimos que el sistema nos empuja, poco a poco y de manera sutil, hacia el desgaste, la desilusión y la decepción. Y no por falta de vocación docente y voluntad, sino por la falta de coherencia y objetividad que define a nuestras famosas oposiciones.
Creo que hace tiempo que llegó el momento de replantear no solo los recursos destinados a la educación pública, sino también los mecanismos mediante los cuales tantas interinas que sostenemos día a día un sistema obsoleto con el mejor talante posible, accedemos y permanecemos en ella. Porque, en última instancia, urge cuidar de quienes cuidan.