Síguenos en redes sociales:

Razones y causas

Razones y causasFreepik

Recoge el pensador francés Jacques Bouveresse que tanto para el filósofo Ludwig Wittgenstein como para el escritor Karl Kraus, en el primer tercio del siglo XX, el futuro venía siendo condicionado por dos fuerzas emergentes, la de la ciencia y la del periodismo, con la consideración siguiente de que ambas venían a ser poco aptas para el ‘pensador y el creador existencial’, puesto que juzgando los hechos y las opiniones sacrificaban en su altar los valores de sacrificio y coherencia con los que la clase intelectual habitualmente encaraba los desafíos de la vida. Particularmente, en el primer caso, por priorizar los hechos, siendo el del segundo las opiniones. Lo hace en el ensayo que dedicara al filósofo vienés, Wittgenstein: la modernidad, el progreso y la decadencia. Y para las últimas, las opiniones, dedica en su página treinta (de la edición en castellano) la siguiente sustanciosa reflexión:

“En cierto sentido se podría decir que la palabra ‘periodismo’ resume bastante bien todo aquello contra lo cual siempre luchó encarnizadamente [refiriéndose a Wittgenstein] y que, a su parecer, volvía imposible o anacrónico su proyecto personal: el relajamiento del lenguaje (por lo tanto, del pensamiento), la jerga pretenciosa y el abuso de los lugares comunes, el gusto por lo inédito y lo sensacional en cuestiones científicas y filosóficas, la vulgarización y la trivialización de ideas y teorías que se pretenden explicar al público sin exigir de su parte un esfuerzo proporcional a su importancia y dificultad, la incitación a no pensar sino a través de intermediarios, es decir, a ya no pensar, la promoción de la pasividad intelectual, de la pereza mental, del conformismo y de los prejuicios, la costumbre de satisfacerse con una información apresurada e incompleta y con una comprensión aproximada y superficial, el debilitamiento o la simple y llana aniquilación de lo que consideraba mucho más importante en filosofía que cualquier clase de teoría u opinión: el sentido de la dificultad y de la complejidad de Problemas.”

Durante años he intentado combatir esta idea, a sabiendas de que otros grandes filósofos, como lo fuera José Ortega y Gasset, opinaban justamente todo lo contrario. Aunque ya se sabe que esta era una cuestión un tanto favorecida por la posesión de medios y tradición familiar. Y en la experiencia de éste, incluso, tal y como lo recoge Ignacio Blanco Alfonso, en el número 4 de la revista Doxa con motivo del cincuentenario de su muerte, llegó a contar inicialmente con un claro interés de tipo lucrativo para hacer frente a urgentes necesidades carenciales de índole económico, solicitándole a su padre , a la sazón director de El Imparcial, cuya propiedad estaba en manos de la familia por parte materna, la corresponsalía en Berlín, no siéndole concedida, y dándome pie, dada la época, año 1905, a reflexionar sobre cuestiones que entretuvieran el debate filosófico a comienzos del siglo XX, tal cual fuera aquel referido a la identidad de las causas frente al de las razones, no estando exento de interés en el mundo que nos toca vivir.

Un debate que se diera particularmente en el enconado enfrentamiento con el que contara la artificiosa división entre partidarios de una filosofía analítica o bien continental. Y al que Bouveresse se refiere en otro de sus ensayos, Filosofía, mitología y pseudociencia, cuando afirma:

“A veces se supone que lo que se opone a la asimilación de las razones a las causas es el carácter automático y obligatorio con el que obran las causas, mientras que la acción de razones es o, en todo caso, debe ser compatible con el ejercicio de la voluntad libre. Podría decirse, en el lenguaje de Leibniz que a diferencia de las causas, las razones inclinan sin obligar. […] Si las razones son causas, serían unas causas que obra de un modo que no se presta a la formulación de leyes causales.”

Luego cabe inferir, tal y como lo hace el autor a continuación, que en estos hechos tercie un tercer elemento cual pueda ser, sin más, en de las ‘motivaciones’, aún a sabiendas de que “los ‘motivos’ son, de manera paradójica, [en Waismann] ‘cosas que no son nunca reales o nunca del todo irreales’”, encontrándose en múltiples ocasiones oculto tras el tupido velo de razones y cariz de índole manifiestamente ideológica, pues lo afirmado por Bouveresse respecto del mundo krausista y wittgensteiniano se ha visto implementado hoy día por la reticular industria de la comunicación bajo la cada vez mayor ponderación del influjo de esa artificiosa inteligencia que busca sustituir la natural, dudosa en ocasiones, intuición por la predeterminada veritativa certeza del estadístico dato, abundando en la inconmensurable banalidad de contenidos.

Personalmente, constato el hecho de que vivimos tiempos históricos, sin duda, como todos los que han sido, y por ello siento la compulsiva necesidad de opinar sobre los mismos. Y si bien los hechos en la historia, sea esta pequeña o grande, se conocen fundamentalmente por sus consecuencias, ello en modo alguno implica que obedezcan a un principio de causalidad y menos aún se encuentren predeterminados. Como toda la producción teórica, más si cabe historiográfica, en buena medida vienen siendo fruto de una más o menos acertada interpretación, que en la mayoría de mis escritos pretende ser abierta y fundamentalmente contrastada, intentando no dogmatizar aun bajo riesgo de que Wittgenstein termine por ganarme para su causa.

El autor es escritor