Los antecedentes de la última comida familiar obligaron a la matrona a decidir que en esa fecha no se hablara de política. Los resultados previos habían sido desastrosos, con cuñados alejados durante varios meses de la concordia familiar, incluso con faltas de respeto cual si fueran delincuentes.
Por consenso y dadas las fechas, el fútbol aparecía como el gran nexo de unión dada la distancia entre fútbol, política e Ibex 35. A la mayoría de la familia no les gustaba el deporte rey, pero los gozadores elevaron el sonido de la televisión y ello cegó cualquier otra consideración.
Lo que estaba previsto fuera un remanso de paz acabo siendo una guerra civil. Siempre hay una oveja negra que le gusta provocar. Los primeros comentarios intergrupales fueron inocentes; así, el susodicho pensaba en voz alta si el jugador X comía las aceitunas a dedo o a palillo. Los empotradores no le dieron pábulo, como si se reservaran hasta ver el partido encaminado el resultado.
Tras unos momentos de impase, la matrona, haciendo esfuerzos por aunar la conversación y que esta se desarrollara acorde a las normas educacionales, se tiró del caballo y decidió que pasara lo que pasara, no estaba dispuesta a hacer ningún esfuerzo por la convivencia
Y así se formaron dos grupos independientes.
Los empotradores, que ponían cara de circunstancias ante lo que se avecinaba, no hablaban entre ellos, solo manoteaban con las manos y hacían gestos despectivos, a veces movían los labios sin entenderse dado el volumen de la televisión con su efecto narcótico y su fascinación por el ruido. Contaban con cerveza y palomitas, cada uno de ellos con su mochila; incluso valoraron la posibilidad de sondarse para no perder detalle cuando la cerveza hiciera su efecto.
En el otro extremo de la casa estaban los seguidores de Descartes, agrupados por falta de empatía hacia esa ruidera. Este grupo también hablaba del fútbol, aunque desconectado de los matices que un buen y experto aficionado es capaz de vislumbrar. Así, no entendían ni por activa, por pasiva, ni por perifrástica que el gran rector lameculos organizador del mundial, FIFA/Federación Internacional de Facinerosos Asociados, hubiera concedido servilmente al xenófobo, Mr. Donald, candidato al premio Nobel de la Paz, en el discurso de agradecimiento, este gallo verborreico contestó que no quería premios, solo salvar vidas. Este autogol contra la paz internacional, acompañado del baile de la trucha, supone un auténtico orgasmo para los facinerosos.
Conjuntamente, reafirmaba, seremos entrañables y generosos con el dopaje y el amaño de partidos. Se olvidó comentar la violencia y el racismo en el país anfitrión y eso que lo llevaba subrayado en la agenda. A este grupo le resultaba difícil entender que un invento que nació de y para las elites británicas, tras un periodo de aceptación para las clases populares, vuelva otra vez a las elites mundiales dado el precio de las entradas. Trabajan con precios dinámicos, como Renfe, y el precio finalmente pagado por quienes van a ver y a dejarse ver triplica, la más barata, al salario mínimo mensual en España. Mercantilización y elitismo en estado puro
En un momento, el silencio inunda la sala de los empotradores. Parece que ha llegado el medio tiempo pues los susodichos aprovechan para satisfacer sus necesidades y recargar comida y bebida; incluso comentan entre ellos que el arbitraje deja que desear, es bastante casero. Uno de los equipos es la selección de Haití, uno de los 5 países más pobres del mundo y los empotradores repitiendo cual mantra balsámico: no hay equipo fácil, no hay equipo fácil. Algo similar ocurrió en otro partido con Curazao como enemigo a batir, con una población ligeramente superior a Teruel. El mantra fue: es de los partidos que hacen afición, hacen afición.
El runruneo duró poco; ya rehidratados, el volumen se elevó cual martillo pilón y todos volvieron a sus efemérides.
El fútbol, puro sentimiento y pasión, antítesis de la racionalidad y opio del pueblo para los carcas supervivientes de la sociedad, ha sufrido exabruptos incluso entre sus propias filas. Así, los estadios, considerados como puntos de encuentro comunitarios, han pasado a ser centros de negocios acaparados por los chalecos amarillos de Don Corleone, mafiosos y oportunistas, pero en legal; y por supuesto con la ayuda del entramado mediático, ya que tienen los mismos dueños y señores. La hinchada ha pasado a segundo lugar, incluso le han anulado la espontaneidad al grabar todo lo que ocurre en el estadio; los rituales estereotipados se han transformado en estampas de santos dirigidos por los houngans del vudú. El nacionalismo local se trastoca en narcisismo colectivo
Si alguien intuye que el deporte rey es un entramado de la geopolítica, que se desnude. Que finalmente se permita el español en las ruedas de prensa o que la selección de Irán se aloje fuera de las fronteras o que los agentes antiinmigración acudan a los estadios a detener y expulsar a latinos, está en la propia idiosincrasia de los organizadores del mundial. Tanto como que el anterior campeonato se celebrara en Qatar con temperaturas de 50º o la supercopa española se celebrara en Arabia Saudí, templo de peregrinaje dictatorial. Los mal/hechores expulsaron a Rusia de la competición por la invasión de Ucrania, pero olvidaron expulsar a Israel por poner en peligro la paz mundial, cosas que pasan. No es lo mismo, dicen los básicos, con el argumento Boskoviano de que fútbol es fútbol. Lavado de imagen a través del deporte y flotador para las autocracias que piensan con las tripas.
Entrenadores y jugadores se niegan a hablar de cualquier tema que no sea un regateo o un punterazo, ya que cualquier otra cosa se considera política y ya se sabe que por el bien del fútbol no debiéramos entrar en esos menesteres; solo hablamos para unir a la afición, señalan con entusiasmo
La liturgia dominical del saludo entre jugadores de los equipos con intercambio de banderines cual si fueran estampas de santos, ha desaparecido. Ya se juega los lunes, incluso los martes y la masa, que consentía y aplaudía su Ferrari, se ha individualizado. Nunca entendí la importancia que los empotradores dan a que un millonario meta una bola de cuero dentro de la red y ello se convierta en un placer tan doloroso que haga llorar.
La cultura del fútbol se asemeja a una religión atea, puro oxímoron, en busca de un dios de cuerpo presente. El papa León XIV parece que se inclina por el Bernabéu y sus reliquias, en un gran teatro del absurdo.
La matriarca en una de sus raras tomas de partido, con dulzura franciscana, señala que el fútbol no se derrumba ni con criptonita, pero necesita que en los intermedios se regalen peluches y se rifen entradas para los toros. Reconozco mis limitaciones para captar las expresiones cuando señala que el fútbol, junto con la penicilina, son los grandes inventos de la humanidad; no descarto que sea ironía. Finalmente todos contentos: los empotradores con su sustento dolomita y sambenito para la convivencia del café matinal con su retorno a la infancia y los otros: bueno, ellos no entran en la encuesta, impuros.