En estos momentos de profundo dolor, lo primero es guardar respeto hacia las víctimas, sus familias y todo el pueblo venezolano. También es tiempo de solidaridad, de ayuda mutua y de apoyo incondicional a quienes trabajan sin descanso en las labores de búsqueda, rescate y recuperación.
La prioridad ahora es salvar vidas, localizar a las personas desaparecidas, atender a los heridos y evitar que se produzcan daños adicionales. Nada debe distraernos de esa tarea urgente y necesaria.
Sin embargo, precisamente porque respetamos el sufrimiento de quienes hoy padecen esta tragedia, debemos preguntarnos qué podemos aprender de ella. Los desastres no deberían convertirse únicamente en noticias que ocupan titulares durante unos días para después desaparecer de la memoria colectiva. Cada tragedia debería representar un punto de inflexión capaz de impulsar cambios reales.
La experiencia internacional demuestra que un mismo fenómeno natural no produce necesariamente las mismas consecuencias. Un terremoto de gran magnitud en Japón no suele provocar los mismos daños que un terremoto similar en otros lugares del mundo. La diferencia no está únicamente en la naturaleza, sino en la preparación de la sociedad, en la calidad de las infraestructuras, en el cumplimiento de las normas constructivas, en la educación de la población, en los sistemas de alerta y en la capacidad de respuesta de las instituciones.
Conocemos las zonas sísmicas del planeta. Disponemos de mapas de riesgo, de conocimientos científicos y de tecnologías cada vez más avanzadas. Sobre el papel existen planes, protocolos y normativas. Sin embargo, la realidad demuestra con demasiada frecuencia que la reducción del riesgo de desastres sigue sin ocupar el lugar prioritario que merece en las agendas políticas, económicas, sociales y académicas.
Cuando observamos el sufrimiento humano que dejan estos acontecimientos sentimos tristeza, impotencia e incluso indignación. Ocurrió tras el devastador terremoto de Turquía, donde numerosos edificios colapsaron debido a deficiencias constructivas y al incumplimiento de normas antisísmicas. Ocurre cada vez que una catástrofe revela vulnerabilidades conocidas que no fueron corregidas a tiempo.
La verdadera pregunta es si seremos capaces de actuar antes del próximo desastre y no después. Si tendremos la voluntad de invertir en prevención cuando las cámaras ya no estén presentes. Si seremos capaces de reforzar edificios e infraestructuras, mejorar los sistemas de alerta temprana, impulsar la investigación científica, formar a la población y exigir el cumplimiento riguroso de las normativas de seguridad.
La reducción del riesgo de desastres no es un gasto. Es una inversión en vidas humanas. Es una política de protección de las personas, del patrimonio, de la economía y de los servicios esenciales. Cada euro invertido en prevención evita sufrimiento humano y reduce enormemente las pérdidas futuras.
El pueblo venezolano merece hoy nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Pero merece también que su dolor no sea olvidado cuando concluyan las labores de rescate. Merece que esta tragedia sirva para recordar al mundo que los desastres no son únicamente consecuencia de la fuerza de la naturaleza, sino también de nuestra capacidad o incapacidad para anticiparnos a los riesgos.
Ojalá que el sufrimiento de hoy se transforme mañana en compromiso. Ojalá que la emoción y la solidaridad que ahora sentimos se conviertan en decisiones concretas, inversiones sostenidas y políticas públicas eficaces. Ojalá que la reducción del riesgo de desastres deje de ocupar un lugar secundario y pase a convertirse en una prioridad permanente para gobiernos, empresas, universidades y ciudadanos.
Porque la mejor manera de honrar a las víctimas no es únicamente recordarlas. Es hacer todo lo posible para que tragedias similares vuelvan a repetirse con menor frecuencia y con menores consecuencias.
Que el dolor del pueblo venezolano nos conmueva. Pero, sobre todo, que nos movilice.
El autor es director gerente de TESICNOR