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Jugando al límite

Jugando al límite

Osasuna siempre juega al límite para desgracia de los aficionados con problemas cardiacos. Quizá por ello, la alegría en los éxitos es mayor y suponen una descarga de adrenalina difícil de contener. Eso es lo que ocurrió ayer. Osasuna se presentó a la final contra el Recreativo con síntomas claros de ahogamiento, dependiendo no sólo de su resultado sino de lo que ocurriera en Tenerife y Santander. El equipo canario no cedió ni un milímetro, pero el Racing abrió las puertas de sus miserias y cedió una derrota ante la Ponferradina, dejándole a Osasuna todo el camino libre para la permanencia.

El Racing también le allanó el futuro y Osasuna no falló en esta ocasión. Respondió en el momento justo. No fue sencillo, ni mucho menos. Es más, en el primer tiempo pudo haber ocurrido cualquier resultado porque al equipo rojillo le costó centrarse en el encuentro y a sus jugadores soltar los nervios que le atenazaban y le hacían cometer error tras error.

El resultado y la alegría final no debe ocultar ni tapar que Osasuna pudo haber firmado casi el descenso en ese primer tiempo. Es cierto que el equipo rojillo jugó con tensión e intensidad como nunca, como en los partidos de alto voltaje, pero no es menos cierto que los nervios, por la trascendencia del resultado, siempre estuvieron ahí, agarrotando todo, y jugándole una mala pasada en esos primeros 45 minutos.

El 2-0 con el que se fueron al descanso pudo haber maquillado esos defectos, pero no, están ahí. Osasuna jugó con fuego como otras veces. La única diferencia es que en esta ocasión la suerte se alió con los rojillos y las tres ocasiones claras que tuvo el Recreativo (Menosse y Núñez) no entraron en la puerta de Riesgo. Se esfumaron en el aire porque a este Recreativo no sólo le falla su defensa, sino la efectividad en ataque. Bueno... le falla todo, siendo uno de los peores equipos que han pasado por El Sadar este curso.

Lo que pudo haber sido un nuevo desastre, se convirtió en victoria gracias a la excelente ejecución de las jugadas de estrategia (faltas y córners), que no sólo llevaron peligro real, sino dos goles que dieron los tres puntos a Osasuna y la tranquilidad que le había sido esquiva en este final de temporada.

Con el 2-0 en el bolsillo y con un rival roto, hundido, e incapaz de cualquier reacción, Osasuna serenó su juego, se afianzó en defensa y tuvo presencia en la delantera. Lo extraño fue que ante un rival que había bajado ya los brazos no hubiese anotado algún gol más.

Lo importante es que sumó los tres puntos, que, unidos a la derrota del Racing, le hacen afrontar el último partido e Liga dependiendo de sí mismo y sabiendo que sólo puede bajar a Segunda B si el Racing gana en Albacete y Osasuna pierde en Barcelona ante un Sabadell matemáticamente descendido. No es sencillo que cuadren esos dos resultados, pero en el fútbol todo es posible, y más si Osasuna juega confiado y da las facilidades defensivas que ofreció en el primer tiempo de ayer.

Por ello, Martín tendrá que preparar el último partido del domingo como la final que es, sin guiños al exceso de confianza y de tranquilidad. Y a partir del domingo, a pensar en hacer mucho mejor las cosas que este año para no cometer los errores deportivos de esta temporada, que han sido muchos.