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“Cansados, pero felices”

AFICIÓN | Relato de una jornada de preocupación y agonía con final feliz osasunistaENVÍANOS TUS FOTOS Y VÍDEOS POR WHATSAPP AL NÚMERO 607 25 96 99 o por email a internet@noticiasdenavarra.com

“Cansados, pero felices”

sabadell - Me paré ayer a pensar todo lo que había sucedido y sentido durante la jornada del domingo en Sabadell y no supe explicarlo. Muchos amigos esparcidos por la península me preguntaron qué tal estaba y que les contase cómo lo había vivido. Mi respuesta era continuamente la misma: “No puedo explicarlo, solo me entenderán quienes lo vivieron en el campo’’.

Más de 3.000 almas rojillas decidieron acompañar al equipo en el partido, quizá, más importante de la historia de Osasuna. Yo, con mi hermana y unas amigas, cogí el viaje en tren de ida y vuelta. La semana se hizo larga, pero llegó el domingo y sonó el despertador a las 5 de la mañana. Apenas había dormido tres horas, pero en cuanto sonó la alarma mi cabeza cambió la mentalidad. “Vamos, vamos rojillos’’, repetía una y otra vez. Era mi primera salida con la afición desde que pisé por primera vez El Sadar, con 7 años (tengo ahora 21). El tren salía a las 6.35 horas; la estación, llena de camisetas rojillas. Nos esperaba un viaje largo y así fue. En mi vagón el ambiente no fue de cánticos continuos, pero se apreció el buen feeling en la afición. Pronto, entre los almuerzos -porque las neveras llenas de comida y bebida no escasearon- y la relación que establecías con los aficionados de al lado, se palpó la buena jornada que íbamos a vivir.

Tras seis horas de viaje, pisé tierra catalana y los primeros cánticos no se hicieron esperar. Un hombre me pregunto qué hacíamos en Sabadell y después de explicarle el asunto, sorprendido, se despidió con un “Suerte y hasta pronto’’. Miré hacia arriba y los balcones estaban llenos de gente que grababan lo que pasaba en las calles. Me dirigí siguiendo a la marea rojilla hacia una avenida con varios bares a los costados y allí permanecí hasta que fuimos al estadio. El calor era sofocante. No importaba al lado que mirases, el color rojo abundaba en la calle. Allí comí y sí, bebí. ¿Cómo vas sino a refrescarte a casi 40 grados? Cayeron algunos cubatas mientras me juntaba con gente conocida de Pamplona. El partido era a las 6 y, aunque pasamos allí alrededor de cinco horas, el tiempo voló. Cansada del viaje, me senté en una silla y observé mi alrededor. Ninguna cara larga o de preocupación, todo era alegría y felicidad entre la afición osasunista. ¡Cómo no! En siete días habíamos pasado de verlo todo negro a tenerlo todo a favor. “Pasan los años, pasan los jugadores...’’ fue el cántico que sonó con más fuerza a lo largo de la jornada. El ambiente mejoró por minutos. Las gargantas, ya resentidas en más de uno, no aflojaron. Todo lo contrario. Nos acordamos de los jugadores, de la entidad. La garganta funcionó más que nunca, todos a una.

Quedaba hora y media para el encuentro y la gente empezaba a inquietarse. Muchos, incluida yo, no teníamos ni idea de dónde paraba el estadio. Pero tampoco quería moverme de allí y perderme aquel momento: bengalas, bufandas al aire y un “Osasuna nunca se rinde’’ que sonó por todo Sabadell.

No estuvimos todos los rojillos en el mismo punto de la ciudad y otros fueron a recibir a los jugadores al estadio. ¡Ay, quién esperaba que nos hicieran esto poco después! Al asistir durante tantos años al campo, al crecer viendo a Osasuna perder y ganar, me hacía una idea de cómo era la afición. Tras la jornada en Sabadell, supe más que nunca que es lo más valioso que tiene la entidad, algo intocable y la que debería recibir más privilegios.

El reloj marcó las 5 de la tarde y la marea roja se empezó a mover. Unos metros calle abajo y girar a la derecha, subir un par cuestas y llegar al estadio. Antes de ver el Nova Creu Alta, una parada más en mitad de la carretera para demostrar a la gente de Sabadell quiénes éramos y qué pretendíamos hacer allí. Más cánticos, más risas, más alegría y poca preocupación.

Una vez en la cola para entrar al estadio me di cuenta del sufrimiento que íbamos a pasar solo por el calor que hacía. Porque no es lo mismo vivir a 40 grados, que vivir a 40 grados cantando, moviéndote sin parar durante 60 minutos y sufriendo interiormente una presión difícil de explicar. Después de que me cacheasen de arriba a abajo, me dirigí a las gradas y cogí un asiento, de pie por supuesto, y coreé junto a los demás a los jugadores que calentaban sobre el césped. Quedaban 10 minutos.

Y comenzó el partido. Desde el primer instante me sentí humillada y decepcionada. No daba crédito a lo que veía. Ni yo ni nadie. ¿Quién se jugaba algo en este partido? Dos zarpazos, dos goles en contra. Y, para colmo, el Racing se adelantaba en Albacete. Éramos de Segunda B y por méritos propios. El rival, un equipo ya descendido, salió a dar las gracias a la afición por el apoyo. Osasuna, que se jugaba permanecer en Segunda y quién sabe si el futuro del club, salió a hacer turismo en el Nova Creu Alta. Fueron unos primeros 20 minutos en los que me vine abajo, de impotencia por no poder hacer nada, porque los jugadores no respondieron a la afición. ¿Cómo un profesional sale de esa manera a jugar tras ver que ha desplazado a más de 3.000 personas que no han dejado de animar?

Con el 2-0 y el resultado del Racing, la motivación inicial se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Lloros, insultos, rabia, aguantar las ganas de no poder saltar al campo, cabreo, impotencia, sufrimiento, agonía. No creía en el milagro. Así fueron los primeros 45 minutos y los siguientes hasta el primer tanto a favor. El equipo reaccionó, pero el daño estaba hecho. El Sabadell aflojó y Osasuna llegó una y otra vez, centros y más centros que no acaban en la red. Despejes, balones fuera o paradas del guardameta. ¿Meter dos goles después de ver la temporada? ¿Quién confiaba en eso? Ni yo ni nadie de mi alrededor. Estaba hundida. Perdí la esperanza, pero... Sí, había alguien que confiaba: San Fermín. Minuto 77, otro centro y gritos en la grada. Gol a favor. 2-1. ¿De quién? ¿Cómo había sido? No importó. Era gol y todavía había esperanza. Después de la celebración -más gritos, más abrazos, más lloros-, los minutos restantes fueron agónicos. El Sabadell pudo sentenciar y no lo hizo. “Rojillos, echadle huevos’’ y “Osasuna no se rinde’’, una y otra vez gritábamos. Y llegó otro centro y, de nuevo, gritos en la grada. Minuto 91, 2-2. Explosión. ¿Quién había marcado? Ni idea. Más lloros, más gritos, alegría, felicidad, júbilo. Gente que no conocías de nada te abrazaba. Y sentí entonces lo que hace la unión en el fútbol, lo que consigue un sentimiento. Tras varios abrazos y tranquilizar como pude a mi pobre corazón, miré al campo. La afición había invadido el terreno de juego y me vino a la mente el encuentro de ascenso frustrado en Las Palmas el pasado año. Estábamos salvados pero tuve una sensación de inseguridad. Inseguridad constante, agónica y de agobio hasta que el árbitro pitó el final. Pi, pi, piiii. Se había terminado el sufrimiento. Osasuna se quedaba en Segunda. Miré a mi hermana, que tenía los ojos llorosos, y me sentí feliz, hacía mucho tiempo que no lo estaba así. No daba crédito ni al inicio de partido ni a lo ocurrido en el descuento. Resurgió entonces lo mejor del club. Resurgimos con las pocas energías que nos quedaban. Estaba agotada, pero hice el último esfuerzo, el que más nos merecíamos después de ver lo ocurrido. Y miré abajo, estaba Pandiani, un trotamundos del fútbol que consiguió que Osasuna se quedase en su corazón. Entonces me dije por última vez : “Sí, no es solo un cántico, es una realidad, Osasuna nunca morirá”. Después de la celebración con los jugadores me dirigí hacia la estación, sin dejar de cantar ni animar saqué mis últimas fuerzas. Pero no podía con mi alma, ni con mis pies. Me dejé caer en el asiento del tren y descargué las pocas energías que me quedaban. Miré a mi alrededor, caras cansadas, pero felices. Quizá no expresaban lo que acaba de ocurrir, pero el sentimiento osasunista se lleva dentro y, en esos momentos, lo mejor era permanecer callados y disfrutar de la paz y felicidad interior, más que merecida en cada una de las más de 3.000 almas rojillas que vivieron, sufrieron, agonizaron, lloraron, y sintieron más que nunca a Osasuna en Sabadell.