Cuando arranca el partido, y más aún en El Sadar, la prioridad es ponerse por delante. En ese momento, el equipo busca verticalidad, ritmo y agresividad. Un rock and roll directo, potente y sin concesiones. Pero cuando por fin lo consigues, la música cambia. Las urgencias desaparecen y surge la necesidad de control y equilibrio, algo más parecido al jazz o a una melodía suave. Es el momento de manejar el ritmo, minimizar riesgos y jugar con inteligencia.

En el último partido ante el Athletic, hasta el 1-0, el balance de ocasiones fue 7-2 a favor de Osasuna. Aunque la posesión estuviera igualada, Osasuna marcó el compás y llevó la iniciativa, lo que le permitió adelantarse en el marcador. Sin embargo, tras el descanso, la dinámica cambió. La arenga en vestuarios y los ajustes rojiblancos en el minuto sesenta devolvieron el pulso al Athletic, que empató y alteró el guion. Los equipos intercambiaron sus papeles y las ocasiones también, 2-7, hasta llegar al mismo resultado parcial, 0-1.

La consigna de “seguimos igual” cuando te pones por delante es solo teoría. No se puede mantener el mismo ritmo todo el partido. Hay que anticiparse, buscar otro plan antes de que el rival te obligue a reaccionar, y sobre todo ponerlo en marcha sin esperar a ir a remolque. Hasta el empate, Osasuna dio la sensación de perder iniciativa y dejarse llevar por el ritmo que imponían los rojiblancos.

Osasuna ha encontrado su estilo para ir a por el partido cuando juega en casa, con presión alta, verticalidad y, sobre todo, compromiso colectivo. Pero le cuesta más mantener la posesión y disputar la iniciativa cuando ésta cambia de manos. Más allá del cansancio, la clave está en imponer la propuesta en cualquier escenario, obligando al rival a adaptarse y decidiendo con criterio cuándo acelerar y cuándo levantar el pie. Tanto para el rock and roll como para el vals.

* El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA.