Hoy se cumplen exactamente dos años desde aquel frenético 1 de febrero de 2024 en el que el Chimy Ávila salió oficialmente de Osasuna. Tras cuatro años y medio como rojillo, marcados por sus dos graves lesiones de rodilla y sus 29 goles, el Chimy forzó su salida en el último suspiro del mercado invernal. La operación se cerró en términos que hoy, vistos con perspectiva, fueron un éxito de gestión para Braulio Vázquez.
Ávila salió de Osasuna por 4 millones de euros fijos más 700.000 euros en variables (de los cuales el Betis ya ha pagado la totalidad tras cumplir el argentino sus primeros 44 partidos oficiales como verdiblanco). Además se sumó un 10% adicional de los derechos de Raúl García de Haro, que pasaron a ser propiedad total de Osasuna. También se cerró un 20% de plusvalía para los navarros en caso de una futura venta por parte del Betis, aunque no parece que vaya a existir.
Dos años después, el balance en Heliópolis es agridulce. El atacante llegó como el sustituto de carácter para Borja Iglesias, pero su paso por el esquema de Manuel Pellegrini ha estado marcado por la irregularidad. Aunque ha dejado destellos de su calidad y goles importantes en momentos puntuales (especialmente en Copa y Conference), nunca ha logrado asentarse como el titular indiscutible que fue en Pamplona.
A pesar de que el Chimy sigue jugando (de hecho marcó este domingo) y formando parte de las convocatorias, el Real Betis quiere desprenderse de él. La dirección deportiva bética considera que su ciclo en Sevilla debe terminar para aliviar la masa salarial y dejar hueco a nuevos perfiles ofensivos.
El delantero tumbó un acuerdo con el Almería (Segunda División) justo antes del cierre de este mercado, negándose a bajar de categoría. Sin embargo, su salida aún es posible.
Dos años después, el Chimy Ávila vuelve a tener un final de mercado agitado, con su omnipresente representante seguro que copando algún micrófono sin venir a cuento y buscando el mejor destino para él, sino es que fuerza quedarse en Sevilla.