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La prórroga

Un ejercicio de ‘aburrepases’

¿Hay que esperar al descanso a ver qué se nos ocurre y regalar cuarenta y cinco minutos?

Budimir se eleva sobre los defensas del Athletic para rematar a puerta. Unai Simón desbarató la ocasión.Javier Bergasa

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¿Pueden rebelarse los futbolistas contra los planes del entrenador? Quiero decir, cuando constatas sobre el terreno que ese fútbol ‘aburrepases’ no te lleva a ninguna parte, que el rival está cómodo mientras los tuyos adormecen la pelota como si la moviera la escobilla de un limpiaparabrisas, que no encuentras un compañero de referencia para saltar líneas (Torró cambió casi siempre el sentido de la dirección de la pelota hacía atrás y Oroz jugó ayer del lado de sus críticos), ves que pasan los minutos y Sergio Herrera patea el balón más que Víctor Muñoz, que no incomodas a un Athletic bajo presión, que has encajado un gol al cuarto de hora porque el rival ha estado más vivo que tú en un saque de banda y parece que el gol se lo han metido a otro… En fin, ¿hay que esperar al descanso a ver qué se nos ocurre y regalar cuarenta y cinco minutos?

Osasuna nunca alteró al Athletic con ese estilo de toque, otro toque y más toque, carente del ritmo y la alegría de otras ocasiones. En ese primer acto que reforzó a unos y achicó a otros, los rojillos se entretuvieron con 267 pases de pelota que fueron un ejercicio perezoso, de un automatismo absurdo; tanto tocar el balón para no generar ni un remate a puerta (ni un fuera de juego) y dejarse por el camino 62 pérdidas de balón. Un 62% de posesión para ganar en las estadísticas, que son papel mojado. Los futbolistas se acomodaron a ese papel de autómatas. ¿No es Lisci un entrenador al que le gusta que sus futbolistas sorprendan llegando desde atrás? Tampoco hay que esperar 70 minutos para meter a Iker Muñoz en el partido y mucho menos retenerlo en el banquillo. Con la vuelta de Torró a la titularidad en detrimento del canterano, el italiano apostaba por ese tercer central encubierto en lugar de aprovechar el ritmo que pone el de Villafranca. El técnico no estuvo fino.

Era una cita para engordar puntos e ilusiones. Osasuna tenía a su favor una dinámica muy productiva de partidos (dos derrotas en las doce jornadas anteriores), una posición de ventaja en la tabla, futbolistas enrachados y un adversario sometido a la reprobación de su hinchada. El parón, además, le había sentado mal al Athletic porque los días de inactividad abrieron un debate sobre la amenaza del descenso. ¡Cómo verían a su equipo!

Para Osasuna era el momento de apretar

Hasta el VAR empujó para alimentar esos planes de pescar en San Mamés. Del Cerro detectó en los monitores lo que el ojo de García Verdura no percibió: que no había penalti en el balón que impactó en el cuerpo de Torró en el minuto 3 y sí la mano de Yeray en el remate de Boyomo a portería. Todo estaba de cara… menos Unai Simón. Por algunos comentarios, a veces parece que el portero fuera un bolardo colocado en la portería, como si no tuviera nada que aportar al juego más allá de que el balón vaya a su cuerpo, manos o pies. Incluso se dice que el guardameta no para penaltis, que los falla el delantero. Pues mire, no. Los porteros están ahí para refutar que no hay goles imparables, que hasta cabezazos mortíferos como el de Budimir tienen réplica. Es para lo que se inventó ese puesto. En cambió, Sergio Herrera no atrapó el chut de Nico Williams en la única jugada que protagonizó el pamplonés y Guruzeta convirtió el rechace en la derrota de Osasuna. Así son las cosas.

El Athletic salió a jugar por la permanencia y Osasuna parecía no creerse que tiene a su alcance pelear por una plaza en Europa. Quedó demostrado, además, que cuando el equipo de Lisci deja de sobar la pelota y busca desplazamientos largos, de especular menos y cargar balones en el área, sale un partido más acorde con sus características. Por eso a veces se echa en falta la iniciativa de los protagonistas.