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Cordeleros en la Barbazana, 1937

Cordeleros en la Barbazana, 1937Foto: j.j. Arazuri, 'Pamplona, calles y barrios'

EN 1937 y mientras medio país machacaba al otro medio en las cunetas y en los frentes de la Guerra Civil, no faltaba gente que se dedicaba a cosas mucho más edificantes que pegar tiros al prójimo. Tal era el caso de los cordeleros por antonomasia de la ciudad, los miembros de la familia Elizari, que aparecen aquí fotografiados y en plena faena. Según J.J. Arazuri, siempre bien informado, los retratados son Juan Ángel, de pie y a la izquierda; Blanca Esther, la niña sentada sobre el banco de piedra, Ángel, el padre y, casi tapado por la rueda que está accionando, Martín Elizari.

En otro orden de cosas, la fotografía nos descubre una ronda Barbazana sin urbanizar y enteramente consagrada al quehacer de los artesanos. A la izquierda y en primer plano se ve el terraplén que descendía hasta la actual plaza de Santa María la Real, y sobre él la esquina del Palacio Arzobispal. En el extremo opuesto vemos el parapeto de piedra de la antigua muralla, medio cubierto por la vegetación, así como el monte Ezkaba-San Cristóbal, cuya característica mole sobresale al fondo. Hacia el centro, además, distinguimos algunas de las dependencias de la catedral, con los volúmenes externos del claustro, el ábside de la iglesia y la capilla Barbazana, que parece querer asomarse al corte sobre el río Arga.

HOY EN DÍA es fácil apreciar que la zona ha experimentado más cambios de los que en principio hubiéramos podido pensar. Sigue en su lugar, desde luego, el edificio del Arzobispado, cuya esquina veíamos asomar en la imagen de hace 76 años, aunque el nivel del suelo ha sido alterado para construir la gran rampa adaptada que vemos hoy en día, en vez del antiguo terraplén. Esto, además, condiciona la colocación actual del fotógrafo, que debe maniobrar con cuidado para no caer al intentar situarse en el mismo punto desde el que se obtuvo la imagen de 1937. Los árboles ocultan el paisaje, así como el perfil inconfundible del monte Ezkaba, aunque sí que vemos en su sitio el volumen exterior de la capilla Barbazana, así como la chimenea de la cocina catedralicia.

Para terminar, diremos que este paraje debe su peculiar nombre a Arnalt de Barbazán, obispo de Pamplona en el siglo XIV, que dio un impulso notable a la construcción de la actual catedral gótica y que edificó, entre otras cosas, la originalísima capilla Barbazana, abierta en el claustro de la basílica pamplonesa. Allí fue enterrado y allí tiene una preciosa tumba, en la que él mismo aparece retratado, si es que alguien tiene curiosidad por acercarse a ver qué careto tenía el buen obispo.