Hola personas, ¿cómo va la Semana? ¿la vamos santificando o no? Menos mal que no es obligatorio. Lo que sí es obligatorio es lo que nos espera a la vuelta de la esquina: la declaración de la renta. Ya siento ser cenizo.
Esta semana ha habido gente, por ahí, que ha empezado un paseo fuera de lo normal, se han montado en el coche de línea de La Selenita y se han ido a la Luna. Joderse. Como quien se va a Unciti. Ya hubiese ido yo, pero con este dolor de pierna no me veo cerrado, con otros tres, en 10 m2 durante varios días. Ya volverán y ya nos contarán. De momento se les ha roto el zambullo y, en lugares con falta de gravedad, eso es muy grave, valga la contradicción. Menos mal que va una chica en el viaje, la cual se ha remangado, ha cogido la llave inglesa, la candela, un poco de estopa y un poco de estaño y las cosas han vuelto a su sitio y las aguas a su cauce.
Bien, recordaréis que la semana pasada dije que iba a hablar de los diferentes grupos que componen la trama social pamplonesa. No son grupos excluyentes, un mismo ciudadano puede estar en varios de ellos a la vez, algunos tienen un trazado en horizontal que abarca al 90% de la población. Así, por ejemplo ¿quién no es amigo de los sanfermines?, pues sí, alguno habrá que levante el dedo, pero ¿cuántos? ¿un 1 %? Insignificante.
Hoy, dadas las fechas que estamos, el calendario me lo pone a huevo para hablar de un grupo social que, en otros lares más al sur, se conocen como “capillitas”, salvando todas las distancias, ya que en aquellas tierras el tema semanasantero es cosa que forma parte de su ADN, aquí no, aquí no llegamos a eso. Para empezar en Pamplona solo tenemos dos cofradías. La Hermandad de la Pasión, que es una amalgama de todas las cofradías que había en Pamplona: una por cada convento con sede en la vieja Iruña. Mendizábal, y algunos más, se encargaron de que los conventos fuesen desapareciendo y con ellos todo lo que vivía en su entorno, quedando muchas cofradías sin sede, ni organización, ni tabernáculo en el que custodiar sus pasos. Todas ellas se reunieron en tres Hermandades, a saber: la de la Oración del Huerto, la del Cristo Alzado y la del Sepulcro y, estas tres, en 1887, decidieron unirse todos en una, naciendo la actual Hermandad de la Pasión, que se encarga de todos los actos procesionales que se dan en la Semana Santa Pamplonesa. Excepto lo tocante a la Dolorosa, que es la otra Hermandad de la que luego hablaremos.
Se celebra como eje central, y acto más importante de toda la Semana, la Procesión del Santo Entierro que nace el viernes a la tarde en la sede de la Hermandad en la calle Dormitalería y va discurriendo, sinuosa, por las calles de lo viejo. Por el gran portón van saliendo las obras de Arcaya, Rius, Higueras, y algún otro, todos ellos imagineros españoles del siglo XX, excepto el paso del Cristo Yacente, obra de Agapito Vallmitjana, fechada en 1888, que tomó como modelo al pintor Eduardo Rosales que estaba agonizando de tuberculosis. Entre paso y paso, van saliendo, manípulos, coros de infantes, cortejos, grupos alegóricos, guardias pretorianas y cerrando el desfile, se les unirá en la catedral la imagen de la Dolorosa, Nuestra Señora de la Soledad que tiene Hermandad aparte, así llamada: de la Soledad, heredera de una vieja hermandad cuya misión social era acompañara a los reos de muerte. El paso es propiedad del Ayuntamiento, y nació de las gubias y los cinceles del escultor Rosendo Novas en 1883, por lo que cobró 250 pesetas 1,5€.
Recientemente han nacido unas procesiones que antes no había y que se impulsaron, creo que, bajo el mandato de mi recordado amigo Juan Miguel Arriazu, la de los tambores logroñeses el jueves y la del Cristo Resucitado el domingo.
Antiguamente, yo lo recuerdo, se celebraba otra procesión que se llamaba del Silencio y que recorría en semejante condición varias calles de lo Viejo con el paso de Jesús Crucificado, obra de Fructuoso Orduna.
Dentro de la misma Hermandad en 1927 nació su sección femenina llamadas Hermanas de la Soledad en la que, en un alarde de nepotismo, la priora, forzosamente, había de ser la esposa, madre o hermana del que en ese tiempo fuese el Prior.
La Hermandad, cuando se constituyó, se encontró con un problema y este era que, al unirse las distintas cofradías, en una mayor con autonomía y leyes propias, perdían todas las indulgencias de las que, por separado, gozaban. El capellán de turno movió unos contactos que tenía en Roma y nuestra Hermandad logró que la admitiesen al amparo de la Primera Hermandad de la Pasión con sede en Roma en la Patriarcal Basílica de San Juan de Letrán. Hoy diríamos que se federó en una federación de Hermandades y esto le daba derecho a todas las indulgencias que varios pontífices les habían concedido. Así sí.
Esta Semana Santa, que hoy consideramos aburrida y poco brillante, en décadas pasadas se consideraba la Sevilla del Norte y era semana de gran tirón turístico, incluso se anunciaba en bonitos carteles, como el de 1929, firmado por Ciga, y su ocupación hotelera era del 100%.
La sede de la Hermandad, cuando se encontraba en la vieja capilla del Hospital, hoy del Museo, fue escenario de una escena de película. Resulta que en ella se guardaban todos los enseres que componían la procesión y casi todos los días un hermano, llamado Miguel Noain, se daba una vuelta a media tarde para controlar que todo estaba en orden, pero, hete aquí, que, un buen día del mes de junio de 1954, le vino mejor ir a las 7 de la mañana. Al llegar vio la cerradura rota y no pudo abrir, fue a casa a por otra llave y se encontró con idéntica situación, entonces se dio cuenta de que había sido forzada, empujó fuerte, entró y se dio de narices con el ladrón con quién peleó y forcejeó asiéndolo de la camisa, pero se le escapó, lo persiguió hasta el puente de la Rotxa, pero el mangui fue más rápido. En el suelo ya estaban preparados, en una caja usada para una bandera, todos los efectos que el caco se iba a llevar y que no lo consiguió por culpa de la casualidad. No faltó quien lo tachó de milagro.
Y ya que queríamos hablar del grupo social que conforman estos ambientes, habremos de decir que aquí la cosa no ocupa excesiva parcela en la vida pamplonesa. Mi padre, que fue hermano de la pasión desde su juventud, y que fue de la junta de gobierno, y que lo llevaba muy adentro, no tenía ningún tipo de fijación con ese tema que le ocupaba unos pocos días al año y que le proporcionó el traje para su última procesión, la que le llevó a él a las alturas, porque si hay cielo, ahí está mi padre, fijo. Menos mal que a los dos años fue su santa y le llevó un traje decente, sino él seguiría con su sayal negro y morado.
La semana que viene veremos a los mozopeña y a los “tolosa”. Besos pa tos.
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