En 1902, la calle de Santo Domingo era la bajada natural para llegar hasta el río y hasta la Rochapea. Originariamente había sido un humilde barranquillo, por el que bajaban las aguas de lluvia hasta el Arga, y después se convirtió en foso de separación entre las murallas de la Navarrería y el burgo de San Cernin, hasta que Carlos III concedió el famoso Privilegio de la Unión, el 8 de septiembre de 1423. La fotografía muestra la parte interior del portal, que constaba de doble puerta en recodo, adaptada a la curva de la calle. Como las puertas debían cerrarse por las noches, para la vigilancia existían unos cuerpos de guardia, donde se resguardaban los soldados encargados de su custodia. A la derecha puede verse el correspondiente a este portal de la Rochapea. Ante él posan 17 personas, entre las que distinguimos a dos mujeres en plena faena, tres hombres aparentemente ociosos, tres niñas, ocho niños y un joven algo mayor.

Hoy en día, el mismo lugar es un rincón más anodino y desangelado de lo que en principio pudiera pensarse, que tan solo toma notoriedad del 7 al 14 de julio de cada año por ser el punto exacto desde el que arranca el mundialmente famoso Encierro de Pamplona. La fotografía muestra al fondo los corralillos de Santo Domingo, que se acomodan en un rincón de la vieja muralla, uno de cuyos machones ha quedado en pie, mientras que por encima el perfil del monte Ezkaba-San Cristóbal certifica la correspondencia de ambas imágenes. A la derecha podemos ver el cuerpo de guardia del portal de la Rochapea, un tanto abandonado y rodeado de vehículos. Hoy en día es el único de los seis que existieron que ha sobrevivido, aunque su derribo se ha planteado varias veces. Y me acuerdo ahora de que Alois Riegl, teórico de la arquitectura del siglo XIX, decía que la mejor manera de garantizar la conservación de un edificio era darle un uso digno. Pues eso.