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El reloj marca el final de una vida dedicada al tiempo

En marzo, cuando Patxi Arrondo se jubile, 56 años de relojería y joyería en la Txantrea llegarán a su fin | El matrimonio espera que alguien coja el relevo del local

El reloj marca el final de una vida dedicada al tiempoOskar Montero

En la Relojería Arrondo, irónicamente, el tiempo se detiene. Aunque los móviles, los smartwatch y las compras online parecen haberlo conquistado todo, hay muchas personas que no sabrán a quién acudir para que les cambienla pila del reloj cuando, en marzo, Patxi Arrondo baje la persiana tras 56 años de relojería y joyería artesanal en el número 7 de la Plaza Txantrea.

Patxi arregla relojes con la calidad y la maestría de alguien que aprendió de engranajes casi antes que de montar en bicicleta. “Cuando salía del colegio, con nueve años, venía a ponerles las cuerdas a los relojes o a afilar las herramientas”, cuenta. Como tantas otras personas que se dedicaron a un oficio en la época, él jamás estudió nada relacionado. “Todo lo aprendí de mi padre, y él aprendió solo. Por lo que yo recuerdo, le regalaron un reloj y, por mera curiosidad, se puso a desmontarlo y a analizarlo”, recuerda. 

Los tres hermanos Arrondo trabajaban en una joyería familiar de Carlos III mientras sus padres se encargaban del local de la Txantrea, negocio que Patxi terminó adquiriendo. Por su mostrador, él y su mujer, Almudena Villaplana, han visto pasar a generaciones enteras que acudían en busca de sus sabias manos. “La gente nos explicaba que venían recomendados por sus madres, quienes les decían que vinieran aquí y no a otro sitio”, rememora con orgullo.

Y es que antes, a diferencia de ahora, la clientela era mucho más fiel. “Venían a por algo concreto y, si no lo teníamos, lo encargábamos. Ahora, los clientes van de tienda en tienda buscando lo que quieren”, menciona. No obstante, el comercio de toda la vida sigue siendo para muchos el que más confianza inspira. “Les gusta que les atiendas, que les aconsejes”, detalla, “sobre todo a la gente mayor”. 

Un robo de millones

En 1982, dos hombres entraron en la relojería “con una recortada”. “Me amenazaron y se llevaron todo. Perdimos alrededor de trece millones de pesetas”, lamenta Patxi. En un robo que parecía catastrófico para el negocio, los vecinos demostraron su compromiso con el local y las tornas cambiaron. Ambos, acostumbrados a cuidar del tiempo de sus clientes, recibieron entonces una dosis bondad que, a día de hoy, todavía les eriza la piel.

Venían a comprar aunque no necesitaban nada. Les ofrecíamos descuentos, pero los rechazaban. Querían que la relojería sobreviviera”, recuerda Patxi “con piel de gallina”. La policía encontró a los atracadores, que pertenecían a una banda de once malhechores a quienes solo les confiscaron “lo que llevaban encima tras el asalto”.

Patxi Arrondo y Almudena Villaplana, junto a algunos relojes de pared de su local.

Bajar la persiana

El declive de estos negocios tradicionales, considera Almudena, no solo afecta a sus dueños. “Vas por la calle y no quedan tiendas abiertas, no hay luz, no hay gente y no queda vida en ella. Te sientes sola, menos segura”, expone.

Al mismo tiempo, consumir en un local de barrio trae consigo una serie de garantías. “Cuando viene una persona mayor y nos entrega más dinero del que corresponde, yo le doy las vueltas exactas porque no quiero estafarle”, detalla Almudena. En otro tipo de negocios, menos humanos y más centrados en la rentabilidad, “si te equivocas, se quedan tu dinero”.

Mientras, la vista y las manos cansadas de Patxi revelan que la relojería es a veces una profesión desagradecida. “Cierras la tapa y nadie ve tu trabajo”, dice. Arreglar un reloj de muñeca a veces cuesta un día entero. Los de pared –sus favoritos, los que más le entusiasman– pueden tomar incluso semanas. Aun así, admite, “seguiré arreglando relojes, aunque solo sea por gusto”. 

La pasión del relojero ha llegado incluso a quitarle el sueño. “Me meto en la cama y me quedo dándoles vueltas”, revela. “¿Por qué se para ese reloj? ¿Por qué se atrasa?”, se pregunta en sus vigilias. “Muchas veces se me ocurren soluciones mirando al techo y, en cuanto me levanto, corro a probarlas y resulta que he dado con la reparación”, cuenta. 

El matrimonio termina sus días entre agujas, cucos y carrillones con esperanzas de que la gente mayor del barrio encuentre a alguien que cuide de su tiempo con el mismo mimo y conocimiento con el que ellos lo hacen. Inevitablemente, los bien entrenados ojos de Patxi se vuelven vidriosos al poner la vista en marzo, pero el artesano conserva hasta el último día la ilusión de que aparezca un relevo para su negocio. Uno de esos de los que ya no quedan, pero tanto aportan.