Se acaba de jubilar y su intención es que caja, bombo y charles no dejen de sonar. “Una batería en cada centro de educación especial”, reivindica Jose Landa Lorés, empeñado en difundir las bondades del instrumento y su poder rehabilitador para personas con discapacidad.
“Mi única pretensión es que los centros de educación especial estén informados de que estudios científicos avalan la propuesta, para que lo tengan en consideración, lo incluyan en sus programas y pueda beneficiarse el mayor número de personas”, dice con la experiencia que le otorgan cuatro décadas como batería y l5 años de musicoterapeuta.
Landa lleva el ritmo instalado de serie. Con cinco años ya se recuerda poniendo del revés una banqueta. En las patas “colocaba botes vacíos de cola-cao, que entonces eran de metal, y con las agujas de hacer punto de mi madre no paraba de meter ruido”.
En su casa de Sangüesa “se respiraba música” porque su padre era trompetista. Veían el programa de TVE Gente Joven, que terminó de encauzar a Landa hacia la percusión: “Había una orquesta y el batería estaba colocado delante, lo que no era habitual. El tío ponía unas caras muy raras y tocaba de lujo. Yo no sabía quién era, y me tenía alucinado. Resultó ser Pepe Sánchez, un referente de la batería en España”, rememora Landa.
Con 18 años Jose comenzó a tocar en bodas y verbenas e hizo sus pinitos en el grupo sangüesino Aton, “que hacía clásicos de los 60”. Ahí arrancó una dilatada trayectoria musical, que ha compaginado con la hostelería.
Fue batería en Kafarnaún o Barricada –tocó en el histórico primer concierto en la plaza del rastro de la Txantrea, aunque “ensayé mucho y actué poco, porque solo hice ese concierto”, dice “orgulloso de haber puesto mi grano de arena en la formación de un grupo que significó tanto”–, Malos Tratos, Txarrena, La Familia no Recibe,Sgt. Piperra, Los Dinosaurios, Bortz, Un Tal Jethro o No More Blues.
“He tenido la gran suerte de estar siempre acompañado de músicos extraordinarios. Lo mejor que te puede pasar es ser el peor músico de tu banda"
“He tenido la gran suerte de estar siempre acompañado de músicos extraordinarios. Lo mejor que te puede pasar es ser el peor músico de tu banda”, confiesa Landa, al que una lesión de espalda le fue dificultando “poder tocar la batería con plenitud. Por eso he abandonado los escenarios y me he dedicado a dar clases y a trabajar con personas con discapacidad, basando la terapia en la percusión”.
En la actualidad es director de percusiones de Motxila 21, grupo que conoció tras un Máster de musicoterapia en Barcelona al que, sin avisar, le apuntó su compañera Jeannette. Las prácticas y la preparación de la tesina de fin de Máster, que tituló La percusión como terapia en el Síndrome de Down, le llevaron a “un grupo donde la percusión es muy importante, y desde el primer día fue un flechazo, me integré plenamente y ahí sigo a día de hoy”.
De Motxila 21 no se piensa jubilar: “He vivido experiencias que no he tenido con ningún otro grupo. La forma de trabajar y de ver las cosas lógicamente es especial y las vivencias son increíbles”. “Compenetración y energía en estado puro”, resume.
La musicoterapia
El batería estudió en su juventud Magisterio, pero en las prácticas se dio cuenta de que la educación reglada no era lo suyo. Se reencontró con la docencia muchos años después y por un camino distinto: “Siempre he creído en el poder que tiene la música para mejorar la vida de las personas”, comenta. El máster hizo que se decidiera a trabajar con personas con discapadidad “utilizando la música como medio de expresión, basándome sobre todo en la utilización de instrumentos de percusión”.
“Siempre he creído en el poder que tiene la música para mejorar la vida de las personas”
Desde entonces, ha ejercido como musicoterapeuta en diferentes centros de educación especial, donde “he podido observar cómo la batería es un poderoso instrumento de rehabilitación”. Dice que “funciona muy bien en cuanto a mejorar la capacidad de atención, comprensión de normas, estimulación, lateralidad, reconocimiento del propio cuerpo, expresión, etc”.
Una de las ventajas de la batería en particular es que es “un instrumento muy ‘directo’, le hacemos sonar desde el primer momento y el paciente se anima a explorar, viviendo una experiencia divertida sin tener la percepción de estar en terapia”.
En el aula ha tenido personas con diferentes características; “algunas con discapacidad intelectual y también física –incluso en silla de ruedas– pero adaptando el ejercicio, e incluso el propio instrumento, se puede conseguir el objetivo. Ritmos de rock, ska, vals... parece complicado, y lo es, pero con perseverancia se puede conseguir gracias a que la actividad de tocar la batería tiene ‘gancho’, y cuando se produce un avance que el usuario percibe, a autoestima se ve muy reforzada”.
En definitiva, la batería como instrumento para “trabajar la motricidad, entrenar la memoria, desarrollar e interiorizar normas, explorar las posibilidades comunicativas y reforzar la autoestima”. Una realidad que certifican “estudios muy interesantes de universidades alemanas y estadounidenses, que explican en parte por qué es tan beneficioso tocar la batería para las personas con discapacidad intelectual”.